Cultura: Relato – DE LA MISMA MUERTE – Escritor: * Amílcar Bernal Calderón

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Cultura: Relato – DE LA MISMA MUERTE – Escritor: * Amílcar Bernal Calderón. – En la fábrica opinaban que eran muy unidos, uña y mugre, piel y frío, porque a pesar de trabajar en distintas secciones, siempre que podían se juntaban para andar por ahí. Los asociaban tanto que si alguien necesitaba a Jacinto le preguntaba a Ezequiel, o viceversa, como si todos estuvieran seguros de que cada uno de ellos conocía los pasos del otro pues andaban en el mismo viaje. Puntuales y exactos como una guillotina, todos los días laborales se encontraban por la mañana, a las seis y media, camino del trabajo, y se gastaban esa media hora de libertad conversando animadamente como si no se vieran desde hacía mucho tiempo. A las siete, en la portería, marcaban el reloj y se separaban hasta la hora del almuerzo, cuando se encontraban en el comedor y hablaban tanto que no parecía que comían sino que se rendían cuentas, con el rigor de quienes son socios en el negocio de alguna ilusión. Por la tarde, a la hora de salida, caminaban juntos hasta cierta esquina y luego se iba cada uno a su vida, a sus esposas, a sus hijos, al amor de familia, como esas hormigas de la pared que alguna vez se encuentran, se saludan rozándose el bigote, se ponen a decirse palabras pequeñitas y luego se separan, y al alejarse se confunden tanto entre su especie que no haypared que las recuerde.

El último sábado que anduvieron juntos, a la salida del trabajo decidieron ir a jugar tejo a una cancha ubicada a nueve kilómetros de la fábrica, al occidente, avanzando por la carretera que cruza el campo y baja, como una lluvia hecha serpiente, hacia el calor de los llanos amarillos. Salieron a las cinco y se fueron caminando. Dijeron los dueños de la cancha, durante la indagatoria en el juzgado, que bebieron aguardiente y jugaron aproximadamente hasta las nueve y media de la noche; entonces el frío y la ebriedad decidieron que ya era suficiente. Salieron. Se despidieron y uno, Ezequiel Landaburu, regresó dando tumbos por la orilla de la carretera en dirección a la fábrica –debía pasar frente a ella y seguir hasta el caserío cercano, siete cuadras adelante-; el otro, Jacinto Cajamarca, marchó haciendo eses en dirección contraria: vivía en una casita campesina de bahareque y techo de paja con materas de flores ahorcadas al viento del páramo, frente a la carretera, dos kilómetros abajo. Si alguien los hubiera visto desde arriba, como nos miran los aviones, habría dicho que se alejaban uno del otro como se huye del miedo en las pesadillas: deprisa pero lento, como quien se va mientras regresa, como quien regresa aunque ya tarde…

Y nunca más volvieron a verlos vivos porque el recuerdo no se ve: a duras penas se sospecha, y no se fortalece a lo largo del tiempo ni envejece inmune: se va volviendo transparente, como es el color del olvido.

El cadáver de Ezequiel Landaburu fue hallado a un lado de la carretera, al amanecer del día siguiente, con las llantas de un camión pintadas en su muerte y una cara de satisfacción tal que hacía pensar que, acucioso, había ido a hacer un mandado imposible y conseguido más de lo que buscaba. A lo mejor él, quien era el peor jugador, había ganado la mayoría de los chicos de tejo en la competencia de ese ayer que se quedó para siempre detenido, como una cifra que no se supera, un año que no se cumple, otra vida que no llega, pero eso sólo testigos de ultratumba podrían confirmarlo.

Jacinto Cajamarca reapareció más despacio, con una lentitud infrahumana, tanto que casi no aterriza en su velorio y después en esta página. Sólo lo hizo cinco días más tarde, gracias a una llamada telefónica anónima: el jueves siguiente una señora llamó a la inspección de policía de la cabecera municipal, el mismo caserío donde estaba recién enterrado Ezequiel Landaburu, para pedir que buscaran en el potrero ubicado entre la cancha de tejo y una venta de almojábanas llamada “El glotón”, porque a un señor lo había atropellado el bus en que ella viajaba el sábado anterior por la noche, y lo había tirado tan lejos entre un pastizal tan alto que tal vez no sería fácil hallarlo; dijo que el chofer no había querido detenerse para auxiliarlo y ella no quería quedarse con ese cargo de conciencia. Aseguró que ella lo vio todo y fue incapaz de protestar por miedo a lo que el chofer pudiera hacerle, y que prefería no decir su nombre por miedo a otros miedos. Dio el nombre de la empresa transportadora, el número de la placa del bus y luego colgó.

Cuando apareció el cadáver de Jacinto Cajamarca las esposas, ya muy amigas, se pusieron de acuerdo y lo enterraron en el mismo cementerio, al lado de Ezequiel Landaburu, donde ahora despachan como socios en el negocio de la eternidad. Hoy comparten la misma muerte, como lo hicieron con la vida, y esos cinco días en que no se vieron no enturbian para nada su amistad: por allá, en aquel tiempo sin fechas, esa no debe ser una ausencia muy larga.


Amílcar Bernal Calderón
* Amílcar Bernal Calderón:  1950. Ingeniero mecánico pensionado y dedicado a la lectura de literatura y a la escritura. Premiado en concursos de relatos y poemas en Colombia y el exterior. Dos poemarios físicos publicados como premio en concursos (SOLOS DE RETRUÉCANO, Chiquinquirá, Colombia, 1999, primer puesto en el VII Concurso Nacional de Poesía Ciudad de Chiquinquirá; LA SAL DE LOS HOTELES, Armilla, España, 2001, segundo puesto en el VI Premio Internacional de Poesía “Miguel de Cervantes”). Incluido en numerosas antologías físicas y virtuales a nivel internacional y local. Textos publicados en revistas de literatura y periódicos en Colombia y el exterior.