Madre, el paso inexorable del tiempo ha ceñido tus cabellos de plata y tus ojos angelicales se han ido apeñuscando lentamente y temo que un día me dejen de contemplar. Cómo ha pasado el tiempo, tu voz, aunque un poco temblorosa, guarda el encanto del dulce saber, en donde tienen cabida las sentencias que han de servir de adorno para el cuerpo y el alma de sus hijos.
Madre – mártir, en ti todo se sacraliza porque desde tus entrañas construyes la sabia materna de una vida que late y que un día con sudor y lágrimas abonarás la obra del creador. Bendita tú que has sido elegida para tan importante ministerio. Ahora entiendo por qué nunca terminarás de sobreponerte a la pérdida de un hijo. Pero tu corazón maternal, aún lacerado por las vicisitudes, logra acogernos en la mesa donde multiplicas los panes. Bien sabido es que una madre alcanza para diez hijos pero diez hijos no alcanzan para una madre.
Madre – alfarera, tus días serán arduos tus noches interminables tratando de forjar en hilos de filigrana el futuro de tus hijos. Has de saber que nuestras condiciones de país en vía de desarrollo tiene la impronta que caracteriza a aquellos quienes les han robado la primavera y en consecuencia, tus hijos ya deben la leche que los ha de alimentar, mucho antes de nacer. No obstante, en medio de los avatares, tu barca victoriosa me llevará puerto seguro.
Madre – maestra, empezáis a educar a tu hijo y no terminareis nunca. De todas las cualidades, la que más resultado te ha dado es “la cantaleta”. Qué bueno que tu perseverancia alcanza lo que la dicha no puede. Jamás te rindes, aún en el ocaso de tus días tu luz es perenne. Una madre es la primera que se levanta y la última que se acuesta. Tu obra no cesa y me atrevo a decir que incluso en sueños no cesas de trabajar. Ay, de aquellos que se avergüenzan de ti porque llevas el delantal y sin ninguna consideración te ponen a trabajar para el usufructo de sus caprichos.
Madre, templo del amor, no quisiera que tu llama nunca se extinguiera y que tu luz acompañe siempre mis pasos. Entiendo que por cada lágrima tuya hay un quebranto infinito que pude evitar. Eres el árbol que me sostiene para poder enraizar. Quisiera honrarte con mis mejores frutos y que Dios me conceda la dicha de poder contemplar muchos amaneceres contigo. Gracias por enseñarme esta mañana a despertar. Feliz día, mamá.
Por: Mauricio Salgado
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