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CULTURA – RELATO : EN UN PUENTE DE AGOSTO

CULTURA – RELATO : EN UN PUENTE DE AGOSTO:  La segunda, que ya sabía tocar el cuatro venezolano, esperó un año hasta que la primera le dijo que ya sabía tocar el ukelele. Entonces se pusieron a buscar canciones que se adaptaran a los dos instrumentos, además de un par de novios que las acompañaran al sitio desconocido donde habrían de debutar cuando se constituyeran en conjunto musical. Puesto que no estaban enamoradas de nadie, ni les parecía que lo fueran a estar a corto plazo, decidieron conquistar, entre sus compañeros de curso, los que tuvieran más cara de aventureros. Estos, para su fortuna, resultaron ser dos adolescentes contentos que andaban siempre juntos, ambos muy feos y menores que ellas, lo cual les pareció bastante apropiado.

            En la capital, actualmente cursan décimo grado en el Claustro de las Hermanas Pudendas del Medioevo, un colegio mixto de niños ricos más conservador que un cura viejo, en el cual lo que pensaban hacer, cuando se les ocurrió su aventura, sería tomado como el comienzo del fin del mundo. También en sus casas, de haberse sabido, la cosa iría por el mismo camino. No me atrevo a imaginar lo que sucederá pasado mañana, cuando regresen donde esos cavernícolas.

            Ambas tienen dieciséis años y son bonitas, cada una a su manera. La del ukelele es un poco gorda, tan poco que su espejo la considera esbelta y no ve por qué debe aspirar a ser más ancho, el espejo. Tiene el cabello castaño, ella, los ojos achinados, las cejas muy tupidas y una sonrisa permanente que no se le cae ni cuando llora. Yo, que soy bajito, diría que ella es alta, quizás por efecto de la ley de la relatividad. La del cuatro venezolano es el colmo de la belleza, y puesto que no tengo palabras para describirla, cada uno de ustedes, mis lectores (si tengo lectoras ojalá sean lesbianas, en este caso, para que la pinten más deseable), dibújenla como la mujer imposible, la divinidad, la diosa coronada si usted es de los (as) que aman el vallenato, digo yo, que soy democrático, aunque ese ritmo tropical me parece horrible.

            Ignoro si esto es raro o qué, porque lo ignoro todo sobre la música, pero las únicas canciones que encontraron eran todas en inglés. Probablemente la mezcla del sonido del cuatro venezolano y el del ukelele, que ignoro de dónde putas es oriundo, conduce lingüísticamente al inglés, y si sus canciones se cantan en español desafinan, o revientan las cuerdas de los instrumentos, o cualquier otro fenómeno que conduce al desastre musical.

            Si hubieran decidido venir a Villa de Leyva para la fiesta de la virgen del Carmen, hace unas tres semanas, estoy seguro de que los asistentes, campesinos en su mayoría, hubieran tomado a la del cuatro venezolano por la mismísima virgen y la habrían secuestrado para llevarla de finca en finca con la esperanza de que les hiciera un milagro. Así las cosas, la pobre no hubiera podido volver a su casa, a su colegio, a los ensayos del grupo musical constituido por ella más la del ukelele más los dos sardinos de su curso, que ponían una cara demanager que daba gusto verlos.

            Pero vinieron para el puente de la primera semana de agosto y claro, me las tenía que encontrar (para su información, debo caminar a diario y casi obligatoriamente por la carrera novena, la empedrada, la principal, la que se llena de turistas como hormigas de todos los planetas, la calle caliente donde quedan los almacenes de artesanías, algunos hoteles, la alcaldía, la oficina de turismo, la catedral, dos bancos y un parqueadero, entre otros sitios importantes; bueno, quitemos a los bancos para eliminar, aunque sea ilusoriamente, al puto capitalismo) durante alguno de mis tres viajes al restaurante y las cafeterías donde desayuno, almuerzo y ceno.

            Se fugaron de sus casas ayer, póngale a las seis de la mañana, y un taxi los llevó por primera vez en sus vidas al terminal de transportes (siempre viajaron en avión, y si acaso alguna vez lo hicieron por tierra fueron acompañados por sus familiares y los choferes de sus casas). Cada uno dejó una nota informando que se iba con los otros tres, y escribió los teléfonos de los padres de sus compañeros y su grupo sanguíneo, por si los accidentes. Que no se preocuparan, decían las notas, que iban a debutar como músicos en un pueblo cercano donde los habían contratado, y que el lunes por la noche regresarían sanos y salvos.

            Era el domingo seis de agosto y yo regresaba de cenar, en la dirección que uno tomaría si fuera hacia Arcabuco, cuando los vi: estaban sentados en el suelo, de lejos parecían cuatro bultos de tierra, unos veinte metros adelante y en diagonal a la alcaldía, recostados contra el muro del colegio ése, de cuyo nombre no puedo acordarme. Primero estaba la supuesta réplica de la virgen del Carmen con un vestido negro y sucio de tela delgada, tenis negros y andariegos, las piernas colocadas en posición de flor de loto y el cuatro venezolano en silencio, ad portas de entonar la música más bella. Tenía un aro de alambre alrededor del cuello, donde había fijado un pito de plástico azul que sonaba como un saxofón de mentiras detenido en una sola nota, tuberculosa y ronca, que apuntaba a su boca y parecía querer besarla todo el tiempo, lo cual me pudrió de los celos. Enseguida estaba la del Ukelele, de una belleza absolutamente eclipsada por su compañera de la izquierda, y después los dos sardinos con una cara de felicidad que era capaz de contagiar alegría hasta a las estatuas de la iglesia, que cuadra y media atrás languidecían entre los rezos de las solteronas que babean porque del cielo caiga el hombre de sus sueños.

            Estaban escarbando entre unas partituras que no mostraban solfeo alguno sino palabras escritas a lápiz sobre unos papeles sucios donde, a fe mía, era imposible leer. Los managers sonreían con bastante experiencia en el asunto de sonreír. Tan pronto me di cuenta de que por allí andaba la literatura, me detuve frente al grupo y a una bolsa sucia y arrugada en cuyas fauces chicaneaba un montón de billetes que otros melómanos les habían regalado. Un muchacho flaco, más lanzado que yo, se separó de sus compañeros caminantes, se dirigió a ellas y les preguntó qué hacían; la del ukelele le contestó que buscando una canción para cantar; el tipo sonrió y se fue dejándome solo frente a ellas. Entonces cantaron algo parecido al jazz, pero más bonito, acompañadas por los dos instrumentos; de vez en cuando la del cuatro venezolano, la diosa coronada, metía la boca en el pito, o viceversa, no sé, yo estaba turulato, y tocaba unos solos de tuberculosis dignos de la Scala de Milán, si así se escribe el nombre de ese auditorio. Gato Barbieri y su saxo tienen pecueca al pie de tan tremenda ejecutante. Después, la del ukelele le preguntó a la del cuatro venezolano, la bella, qué quería cantar, y ésta atacó con otro prodigio acompañada de sí misma (y del dios de la música, al parecer), mientras la otra usaba su instrumento como tambor y los managershacían un coro de inaudita calidad.

            Cuando terminó esa canción me miraron y yo me acerqué. Le pregunté a cada una cómo se llamaba su instrumento, con el argumento de que iba a escribir un relato que hiciera constar el porqué de su estadía en Villa de Leyva. Sonrieron y yo sentí que la fortuna me besaba. A continuación, cuando me disponía a echar mil pesos en la bolsa del tesoro, pasó un perrito faldero, el hijodeputa, y se llevó en la boca un billete de mil, lo que me obligó a poner uno de dos mil, para compensar. Esto, a pesar de ser un derroche exagerado para un diletante de las letras siempre al borde de la crisis financiera, me pareció despreciable comparado con la maravilla que había presenciado.

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