HISTORIAS COMO ARROZ “Las Andanzas del Gamonal”

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I
_ ¿Papá, cómo te sientes hoy?
_ ¡Ay! Mija. Me duelen mucho las coyonturas y la cabeza se me va a estallar.
_ ¿No le ha hecho provecho los remedios y las yerbas de Ramírez?
_ No, mijita. Esas aguas no me sirvieron. Yo me siento muy mal. Hable con la gente para ver si me llevan donde el doctor Simeón. Yo le tengo fe.
_ Ya he andado todo el vecindario y nadie tiene plata. Me dijeron que fuera donde Don Guadalupe Cienfuegos, el gamonal del pueblo, que a lo mejor me podía ayudar. Pero la verdad, yo no tengo ganas de ir allá.
_ ¡Vaya mija! A lo mejor, ese señor nos ayuda. Fíjate no más, llevo quince días sin poder arrancar mechudo del lote y el mercado empieza a escasear.
_ A mí, me da pena.
_ ¡Sólo inténtalo una vez! Mira que yo estoy muy jodido.

II

La mañana estaba fría y el cielo cargado amenazaba con caer un despiadado aguacero. Cornelia salió de su casa con una cara de preocupación. Llevaba un vestido de flores y un abrigo de lana oscuro. Cruzó las calles desiertas con paso ligero. Guiada por su intuición tomó la Calle Real y como un autómata se adentró en la plaza principal. Equidistante a los centros de poder estaba ubicada la casaquinta de diseño colonial en donde se agolpaban los parroquianos necesitados para recibir las dádivas del gamonal.

Tan pronto como llegó frente al umbral de la puerta, Cornelia tuvo un leve desaliento y quiso devolverse; pero en ese mismo instante, una señora mayor que ella, se acercó y decidió llamar. A Cornelia no le quedó otra opción que esperar conjuntamente a que abrieran.

Al momento, estaban juntas dentro de aquella gran mansión adornada de muebles torneados, mesas con jarrones grandes y tapetes que cubrían parte del piso ajedrezado. Se necesitaban varias mujeres para atender las exigencias de los moradores de esta casa. Permanecían ansiosas, desamparadas e infelices con el pálpito de que a cualquier momento fueran arrojadas a la calle. Y Como si alguien les adivinara el pensamiento, una señora envuelta en una manta de seda que lucía un collar de perlas blancas y varios anillos de brillantes piedras, las examinó y sin compasión las increpó: “hoy no es día de mercado”.

Sintieron aguijonados sus corazones y quisieron salir corriendo; pero en ese mismo instante, apareció el afamado Don Guadalupe Cienfuegos y con un ademán autoritario les indicó que podían pasar a su despacho. Esta situación incomodó a la matrona de la casa que veía con desagrado cómo las infelices se perdieron en el interior del cuarto.

El despacho estaba modestamente organizado con una mesa de tabla burda y una silla torneada forrada en cuero crudo de vaca. También, justo en el costado izquierdo, había un estante completo con libros traslúcidos y en la pared frontal colgaban tres cuadros de varios viejos de bigotes estirados y sombrero suaceño que inmortalizaban la zaga de auténticos colonos. Don Guadalupe Cienfuegos estaba sentado frente a ellas con su complexión recia. Tenía una camisa blanca de mangas largas y un sombrero terciado a medio lado. Las miraba con detenimiento, más a Cornelia que a la otra, quizás porque ésta era más joven y atractiva.

_ ¿Qué se les ofrece? _ Preguntó con voz seca.
Ninguna se atrevió a responder. Ellas se miraron mutuamente como pidiendo permiso la una a la otra para hablar. Sin embargo, ante el titubeo, el viejo quiso manejar la situación. Fue así como se dirigió a la más vieja.
_ ¿Qué la trae por aquí? _ Esta vez el tono de su voz fue más severo.
La mujer palideció antes de contestar y en medio del tartamudeo le hizo saber que necesitaba comida para sus hijos, que su esposo no tenía trabajo y que padecían muchas necesidades.
El viejo tomó un talonario, escribió algo y terminó estampando su firma. Después se la dio a la mujer y con cierto escepticismo la despachó. La mujer tomó la tira de papel con sus manos temblorosas y sólo una mueca dejó ver el agradecimiento de su rostro decrépito. Al instante salió. Cornelia sintió el peso de la orfandad y quiso salir tras la mujer; si no fuera porque en ese instante el viejo cambiara su tono de voz y se tornara un poco amable, lo hubiera echado todo a perder.
_Yo no te había visto antes. _Le dijo _ ¿Eres de un pueblo vecino?
_ No, señor. Yo vivo aquí en Campoalegre. Soy hija de Justino Barrera. Precisamente, me pidió que viniera a verle porque se encuentra enfermito. Necesita plata para ir al médico y comprar la medicina.
_ Ya entiendo.
Con determinación extrajo de su carriel unos cuantos billetes que enrolló y se los dio a Cecilia al tiempo que le apretaba la mano.
_ Espero que esto sea suficiente. _ Lisonjeó_ ¡Ah, y no se te olvide el camino! Cuando quieras puedes volver. Las puertas de mi casa estarán siempre abiertas para ti.

III

_ Hoy me arrepiento de haber mandado a mijita a hablar con ese desalmado. Maldigo el día en que le pedí que fuera a verlo. Yo sabía que ese desquiciado a cualquier momento me iba a cobrar el favorcito. ¡Qué caro me salió!
_ Ya, papaíto. No te atormentes más. Mira que ahora estamos juntos en la casa. Su mercé está alentado y a su nietecito Andrés no le falta nada.
_ Ese malnacido se aprovecha de todas las muchachas como usted y anda como si nada. ¡Pero un día de estos amanecerá con la boca llena de moscas!
_ ¡Cálle, papá! No digas esas cosas. No es bueno desear el mal a las personas.
_ Eso lo dices porque su mercé es muy buena; pero ese infeliz debe pagar todo lo malo que ha sido. ¿Acaso no sabes que obliga a sus trabajadores a que voten por él? Todo aquel que se niegue, lo despide de sus sembrados de arroz y no le da recomendación buena. ¡Ese es el mismísimo diablo! El otro día entró a la sacristía borracho y montado en su caballo negro, desafió al padrecito porque no le quiso hacer una misa a su mamá. ¡Eso no tiene perdón de Dios!
_ Papá, ya no hablemos más de eso. A lo hecho, pecho. Yo no quiero nada de ese señor. Vivamos esta vida que nos tocó y ya. No nos amarguemos más con reproches.

IV

Los años han pasado. Andresito se ha hecho hombre y trabaja para sostener a su mamá. El viejo Barrera por fin se silenció. Cornelia friega ropa sobre pedido. Su cabello está cano y sus caderas más anchas. Siempre se sienta al atardecer en una silla de mimbre que se mese suavemente. Enciende la radio y escucha el programa popular “Guascarrileando por Campos y Veredas”. En ocasiones musita el compás de una canción que le evoca viejas pasiones. Se ríe. Ríe de su destino. Tener un hijo de un gamonal la llena de un orgullo lastimero. Orgullo que se llevará hasta la tumba porque a nada le ha confiado su historia. Hasta su propio hijo la ignora. Sólo ella sabe cómo pasaron las cosas. Sólo ella tiene que tragarse ese repudio de aquél que se desfajaba los pantalones sin darle tiempo a suspirar. Aquel que la poseía a la brava. Sin caricia, sin verbo, sin pasión. Ese se llevó sus aires fecundos, sus senos redondeados y sus glúteos firmes. Ella se ríe en las tardes porque quizás ha entendido que no volverá el animal que estremeció su ser. Murieron también todos sus pretendientes. Ninguno llegó a tocar su puerta. Ahora, sólo espera que su hijo esté limpio de esta zaga abominable.

Mauricio Salgado copia

Cuento participante Concurso Nacional de Cuento RCN – 2014