Opinión De Mario Benedicto Parra: La cuestión es fastidiar

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Opinión De Mario Benedicto Parra: La cuestión es fastidiar “La cólera de los imbéciles llena el mundo”, decía una frase del escritor francés George Bernanos que en 1938 expresaba su rechazo moral por quien en nombre de la ideología personal justificaba atrocidades contra los otros. También, en el libro Contra el insulto (Juan Cruz Ruiz, Ed. Turpial, España), el autor advierte “sobre la manera en que hemos permitido que los ámbitos de discusión y de participación pública se nutran con los insultos más crudos y las peores manifestaciones de nuestra cultura escrita”, cuando de política se trata, en particular en nuestros lares latinoamericanos.

¿Qué aprendimos de esta pandemia?, esta pregunta me la hago a diario y muchas de las respuestas quedan vacías. Si entro a redes sociales me indigna por todos los comentarios llenos de soberbia y egocentrismo, lleno de todo lo que se pensó que este virus que mató miles de personas haría cambiar. Pero no, no es así.

Es difícil encontrar hoy día personas que tengan adquiridos valores de paz, igualdad, solidaridad, conciencia social y conciencia medioambiental. Habrá observado el lector en esa indiscreta costumbre que tienen algunas personas para incordiar al prójimo. Parece que sólo disfrutan cuando hacen daño. Si son jefes, procuran que los empleados vivan angustiados y temerosos. Si son colegas, intentan buscar aquellas situaciones o palabras que tengan algún filo. Si son profesores, consiguen fácilmente que sus alumnos se sientan incómodos. Hay personas que se pasan la vida fastidiando, probablemente por problemas psicológicos que deberían tratar.

La cuestión es fastidiar. La cuestión es poder insultar. Lo que se pretende es que el otro se sienta incómodo o molesto. La cuestión es hacer ver que hemos sido capaces de incordiar.

¿Cómo se puede evitar esta dañina actitud? En primer lugar, hay que acabar con esas imágenes televisivas y de redes sociales de los políticos en el Congreso en las que florece el insulto, la calumnia. En segundo lugar, hay que insistir en que la convivencia sólo es posible desde el respeto al prójimo y desde la comprensión y la solidaridad. En tercer lugar, no se ponga al mismo nivel del ofensor; además esto le da motivos para darle credibilidad a las ofensas. En cuarto lugar, la opción más poderosa: ignora el insulto.

La pandemia no nos enseñó nada, muchos siguen siendo los mismos miserables de siempre, quizás más de lo que eran. Esto es un poco de todo lo asqueroso que actualmente tenemos en nuestra sociedad, la que debería llamarse suciedad. Vivimos en una sociedad no solo polarizada, sino polarizadora.

Qué formidable sería que, en lugar de devanarnos los sesos para ver cómo fastidiar a los demás, nos habituáramos a pensar en cómo actuar sin irrespetar para que se dé la sana convivencia. El cambio está en nuestras manos. ¡Hasta pronto!