Relato – DON MENOX – Escritor: * Amílcar Bernal Calderón – Uno de los últimos fines de semana, antes de que comenzáramos a morirnos, las enfermedades tomaron un día de asueto y nosotros decidimos hacer una fiesta para celebrar que aún podíamos hacerlas. Cada uno tomó sus precauciones y un poco de vino hasta bien entrado el amanecer, como Cenicientas que compraron un lapso extra de ajeno jolgorio. Siempre era posible que cada celebración fuera la última, o sea casi una mancha rosada en la gasa gris de un largo velorio.
En algún momento Zapata, que no era un amigo sino alguien que llegó tarde con un cuento nuevo cuando los nuestros apestaban a cadáver, me habló sobre la casa que construyó a la orilla del mar, en los alrededores de un caserío de negros, en una región no contaminada por los blancos donde la tierra se conseguía “a huevo”, eso dijo. Yo me pregunté si también las gallinas eran baratas, por aquello de que entre el huevo y la gallina existe una relación de incierta causalidad. Es la filosofía, que no se cansa de hacer dudar a los hombres. Entonces, abrazado por su voz, el tiempo de la fiesta se convirtió en el tiempo que Zapata anduvo por esos rumbos, y mientras mis compañeros, viejos como un zurriago, bebían y bailaban en el salón comunal del hogar geriátrico, yo era un protagonista silencioso, un árbol, de la geografía de su historia.
Hacía algún tiempo, Zapata y unos amigos habían comprado una tierra a los negros raizales de una bahía que ignoran los mapas, al norte del mundo, donde se gestan todos los viajes. Construyeron un barrio imitando la arquitectura milenaria de los nativos, para que la vida pensara que eran iguales, como la inocencia concibe a todos los hombres. Sobre las estribaciones de una colina, a poca distancia de la playa donde se asentaba el caserío de los pescadores, levantaron su reino. Allí había ocurrido la historia que ahora, en esa fiesta mía, estaba contándome.
«Saliendo de mi cabaña hacia la izquierda», dijo Zapata, «por el camino que linda con el palo de aguacates en cuyas frutas da el sol y convierte el aire en una mirada de ojos muy verdes, tras siete minutos de matar zancudos se llegaba a la casa de don Menox». Aseguró Zapata que él lo llamaba don Menox, a pesar de que los demás lo llamaban don Max, porque el pobre estaba tan cojo, tan averiado de la columna, tan aferrado a sus muletas y tan torcido del paso que no tenía nada de max, sino todo de menox. Don Max entendió lo cariñoso del apodo, no opuso resistencia, y entre ellos siguió llamándose don Menox hasta que san Juan agachó el dedo, lo cual no tardó en suceder.
Parapléjico, adinerado, con gran corazón y fuerza de voluntad, Don Menox iba todos los días en cuatro pies, dos suyos y dos de sus muletas, destartalado y vencido como un carromato en su último viaje, al caserío de los nativos a colaborar con su dinero en la solución de cualquier necesidad o inconveniente que tuvieran. Visitaba también las casas de los blancos y compartía las noticias de la civilización (tenía una antena poderosa que lo comunicaba con los Estados Unidos); repartía el correo que llegaba en su helicóptero y hablaba con todos en tono risueño. Era muy apreciado. Pagaba el sueldo del médico, las operaciones de los enfermos que había que sacar a la capital en su helicóptero y los remedios que hicieran falta. «Era nuestro dios», dijo Zapata. Así, torcido como un resquemor y con una botella de aguardiente en su mochila, visitaba a sus vecinos, tomaba tinto en cada casa, compartía su aguardiente, resolvía la necesidad y se iba dando tumbos a la siguiente vivienda, todos los días.
«Cuando don Menox llegaba a mi casa», dijo Zapata, «yo sacaba la mesa de centro al zaguán, acomodaba dos asientos, organizaba unos platos con mango y coco picados, ponía tangos en la grabadora y sacaba mi whisky. Él sacaba su aguardiente y nos poníamos a hablar. Jamás quiso beber de mi trago: siempre decía que él sólo iba a tomar whisky el día de su muerte, lo cual yo no entendía pero me importaba más o menos un culo. Tampoco aceptó nunca dormir en mi casa. De repente desaparecía pero yo no me preocupaba pues sabía que todos lo cuidaban».
«Lo querían tanto», dijo Zapata rascándose la nuca y mirando por la ventana del salón donde mis amigos emborrachaban a las enfermeras con dudosa intención (a nuestra edad la vitalidad es el recuerdo de una buena intención), «que todavía por ahí andan unos negros buscándome pa’ matarme, pues yo dizque le hice algo malo a don Menox. Todo porque fui el último que lo vio vivo y, según ellos, lo envenené con mi whisky, ¡cabrones de mierda!»
«Un atardecer, hacia las seis y media, llegó don Menox a mi casa. Yo ya me había tomado media de yoniwoquer y estaba más prendido que un remiendo. Se notaba deprimido (aunque con tanta depresión en el cuerpo era difícil verle las del alma). Se acomodó en un asiento, callado como un sobre sin carta, y se puso a beber enloquecidamente. Nunca dijo nada. Yo me emborraché y me quedé dormido. Cuando me desperté eran casi las nueve de la mañana del día siguiente y, por la oscuridad y los golpes rencorosos de ola contra el arrecife, se sabía que anoche había llovido y el mar estaba alevoso. Con dolor de cabeza y matado del cuerpo, me puse a hacer por ahí unas cuentas que no representaban mucho sacrificio. Cuando quise tomarme el primer trago busqué mi botella de whisky: era la única que me quedaba y, según recordaba, estaba por la mitad; pero no la encontré. Le di vuelta a la casa y cuando me convencí que había desaparecido, me fumé un mariguano y me acosté a dormir, porque no había más remedio».
«Al otro día por la mañana vino un negro a buscarme: quería que yo viera a don Max antes de su entierro. ¿Su entierro?, pregunté. Sí, es que don Max se ahogó antenoche cuando salió de esta casa; se echó al mar y no pudimos salvarlo. Estuvo perdido todo el día de ayer pero acaba de volver para el entierro. Tiene algo en la mano y nosotros queremos que usted se lo quite. El hombre me miraba con rabia, y yo comencé a sospechar que el dedo de San Juan empezaba a agacharse y mi estancia en ese paraíso terminaba».
«En a la playa encontré que don Max estaba más Menox que nunca. Rodeado de flores perfumadas y comida, vestido de blanco, lo habían colocado en una plataforma de palos secos rociados con petróleo que iban a subir sobre unos zancos enterrados unos metros dentro del mar, a una altura tal que cuando subiera la marea y su cuerpo estuviera quemado, sus cenizas se iban a ir con las olas. En la mano, entre sus dedos amarillos, apretaba mi botella de whisky vacía. Yo se la quité mientras las mujeres cantaban una cosa que a mí me sonó amenazante, aunque no entendía su dialecto».
«Trece noches iba a durar su velorio», sentenció Zapata con la seguridad de un matemático. «La séptima noche, mientras todos lloraban, bebían aguardiente y cantaban una cosa parecida al jazz, yo aproveché un descuido y me escapé pa’ salvar el pellejo. Al alba del día catorce yo iba a morir, me lo contó años después un antropólogo que conoce sus costumbres: mi cuerpo iba a ser quemado con aguardiente, en honor a don Menox».
«Cualquier día me encuentran y me llevan a su aldea pa’ matarme», concluyó Zapata, señalando hacia el fondo de esa noche tan negra, millones de años más allá del final de nuestra fiesta, que podía ser la última.