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Relato: LAS MADRES CARMELITAS DE YONOSEQUÉ– Escritor:Amílcar Bernal Calderón

Relato: LAS MADRES CARMELITAS DE YONOSEQUÉ– Escritor:Amílcar Bernal Calderón

¿Cómo saber si se trataba de un entrenamiento de basquetbol o una lectura de máximas sobre asuntos vitales que una monja debe saber?

Lo que me pareció más expedito para averiguarlo, tan pronto llegué a mi casa (aunque la idea me pareció cercana a la utopía), fue llamar a la Federación Colombiana de Basquetbol y preguntar si en sus registros figura un campeonato interconventos de monjas. Pero al instante me pareció que si lo hacía podía terminar metido en los meandros de la burocracia deportiva, y esta nota iba a terminar siendo tomada como un plagio de la novela El proceso, de don Franz Kafka. Más bien llamé por teléfono a mi amiga L, una socióloga conocedora de bastantes cosas acerca de la vida en Villa de Leyva, y le pregunté si aquí existía un convento de monjas, confiando que su respuesta me demostrara que no estaba alucinando y que la literatura también puede ser asunto de dios.

Lo primero que L me contestó fue que por supuesto, que aquí había un convento de monjas de clausura, lo cual me pareció descabellado pues yo acababa de verlas en el parque, tan desclausuradas que se veían libres incluso del reproche divino. Cuando le aclaré que las que yo había visto eran seis jovencitas entre los diecisiete y los veinte años, capitaneadas por otra de unos sesenta años y canas al viento (se le fueron llenando de nieve los peinados), vestidas con blusa blanca y una falda ídem tan larga que casi les tapaba el tobillo, muy adecuada para practicar la imaginación de los viejitos sátiros como yo. Todas calzaban zapatos de cuero negro muy bien embolados, menos una de ellas que usaba zapatos deportivos blancos, lo que me pareció como una mosca blanca en la leche negra de mi prosa enfermiza.

Todas contra todas, estaban jugando un partido de basquetbol que se interrumpía cada vez que anotaban una canasta. Jugaban en la cancha anexa a un parque ubicado contra la carrera novena frente a un colegio de nombre desconocido (soy tan nuevo aquí que lo desconozco todo), un poco antes de finalizar la calle empedrada y dar comienzo a la carretera pavimentada que huye hacia Arcabuco. Cualquier sendero que va a lo desconocido huye, no viaja.

Cuando metían una canasta todas quedaban estatua, menos una que se ponía a caminar despacio a lo largo de la línea curva que forma la zona de candela, poniendo sucesivamente la cola de un zapato contra la trompa del otro, tan despacio y tan acuciosamente que parecía que estaba inventando La Línea que en el pasado hizo famoso a don Euclides (el fósil de la geometría). Entonces una de ellas se desestatuaba e iba hasta debajo de la canasta, levantaba un fichero de cartón de color rojo, sacaba una ficha y se ponía a leerla en voz alta, para ellas, mas no para mí que las observaba desde mi puesto cercano a la otra canasta, feliz de estar viendo la puesta en escena casi muda del drama contento que a diario me alegra la vida.

Tan pronto terminaba la lectura de la ficha, una de las novicias que había escuchado tomaba la palabra y daba su opinión, creo, sobre lo leído. Las demás escuchaban tan atentas como un búho de porcelana, mientras la que caminaba por la línea de candela ponía cara de que eso ella ya lo sabía.

Recuerdo que una de las fichas decía algo así como que “cuando el amor humano se encuentra con el amor yonosequé…” (este yonosequé y estos puntos suspensivos obedecen a que no escuche de qué otro amor se trataba), y puesto que no entendí lo que seguía me quedé pensando que ese  inédito concepto sobre el amor, que me encantaría conocer, estaba penetrando en siete cerebros que años después se elevarían más allá de la miseria humana hasta convertirse en una sabiduría clausurada que los amantes de la calle jamás podremos aprehender.

Una pareja de gringos les tomó una foto y yo, sin palabras, les prometí escribir esta pecadora nota para librarlas un poco del olvido al que su religión las condena, o mejor, para celebrar su ascenso, con el balón entre las manos y la seguridad de anotar tres puntos, hacia el cielo con el que su fe las premia.

Me dijo luego que aquí había varias clases de monjas, además de las de clausura, unas dedicadas a cuidar ancianos, otras a servir en el hospital, creo, y cuando le pregunté el nombre del convento de las basquetbolistas vestidas de blanco me contestó que no estaba segura pero creía que se trataba de Las Madres Carmelitas de Yonosequé.

 

 

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