Opinión De Mario Benedicto Parra: Guardar las apariencias – Con el funeral de Uribe Turbay (Q.E.P.D.) y los mensajes electorales de Miguel Uribe Londoño, padre de Miguel Uribe y el Centro Democrático, recordé una historia que leí hace algún tiempo, hacía referencia al caso de una familia propietaria de un gran negocio. Un buen día (un mal día) muere uno de los miembros más conspicuos del clan. En la puerta principal del edificio el jefe coloca este curioso cartel: “Cerrado por defunción”. Y, entre paréntesis, añade: “Se atiende por el portón de atrás”. Lo importante era salvar las apariencias. Dar señales de luto. Lo más importante, no obstante, era no perder las abundantes ganancias que proporcionaba el negocio.
Con la muerte de Miguel Uribe las buenas intenciones de hacer una pausa para evitar el lenguaje de la provocación y el revanchismo evidenció lo contrario, se hicieron escuchar desde la muerte y sobre ella edificar aspiraciones electorales para volver a ganar el poder.
Lo importante era coger al muerto para hacer campaña electoral. Sobre su féretro colgaron mensajes polarizantes en el momento sagrado de una misa. No fueron mensajes de luto, paz, unión, sino de esquirlas verbales que enardecen emociones políticas.
Lo importante eran las explosiones verbales para que quede en la conciencia de los colombianos que la paz hay que obviarla y que el único camino es la guerra.
Lo importante era enardecer los ánimos con instigaciones para obtener réditos electorales y no entender lo amargo del dolor y el duelo.
En un mundo de apariencias, preocupa mucho quedar bien, mostrar una cara amable, cumplir con las exigencias formales, tener buene imagen, cumplir con los imperativos de lo “políticamente correcto”. Importa poco el cómo se es; lo verdaderamente decisivo es lo que se aparenta que se es.
La hipocresía está a la orden del día. Consiste en mostrar una cara de bondad para ocultar las más perversas actitudes, en tener una fachada limpia y hermosa, aunque el interior sea feo o maloliente, en blanquear el sepulcro que sólo contiene podredumbre.
En el frontispicio de la abadía utópica de Telémaco de Rabelais reza el siguiente mandato: “Aquí no entréis, hipócritas, santurrones…” Unos siglos antes Dante Alighieri metió en lo de los más terribles círculos de su infierno a los hipócritas, a quienes describe como “gente pintada”, que lleva una pesada capa y el semblante cansado y batido.
¡Hasta pronto!