Opinión De Mario Benedicto Parra: ¿Y para qué quiero yo un libro si no leo? ¿Si la gente no lee, por qué sorprende que nos haya ido mal en comprensión
de lectura según los recientes resultados de la prueba PISA?
Sobre esto, a una joven le habían regalado un libro y enojada pregunto: ¿Y
para qué quiero yo un libro si no leo?
Aplastante lógica. Dejando a un lado la posible utilidad de un libro como
elemento decorativo, está claro que la persona que no lee no sabrá qué
hacer con ese regalo ni lo apreciará en lo más mínimo. ¿No le entrará,
aunque solo sea, un atisbo de curiosidad para echar una ojeada a esas hojas
encuadernadas y averiguar de qué tratan? Pues no. La razón es tajante: no
leo. No se para a discutir si leer es bueno o malo, si ese libro tal vez le
pudiere entretener o interesar. No leo. Es un hecho, el que como la noche
sigue al día.
En un país en el que la mayoría de sus ciudadanos no tiene el hábito de la
lectura, tal sociedad está condenada a ser esclava del mayor de los tiranos,
la ignorancia. Donde el saber queda subordinado a creer -sobre todo, en las
redes sociales- Potenciándose el caldo de cultivo de donde se nutre toda
especie de corruptos a ofrecer sus maravillas y protección con sus
seudociencias que representan las sectas politiqueras, religiosas, los
esoterismos y demás mancias, en detrimento de las verdaderas ciencias
científicas y humanistas, que son el producto del sentido crítico de la
observación y la experimentación de los conocimientos racionales. En estas
circunstancias tan particulares donde reina la anarquía del saber y de los
falsos valores, proliferan los vendedores de milagros, de humos, de feria,
politicastros que bastardean de la política bien entendida, la que se define,
como el arte de conducir un asunto para alcanzar un fin social y justo.
La ambición mal entendida es algo inherente en el hombre socialmente
ignorante, pero una ambición sin conocimiento es como un barco varado en
tierra. A la igualdad y la libertad sólo se llega a través de la madurez en el
conocimiento cultural, social y humano.
CODA: Resulta absurdo y desacertado que se pretenda prohibir la palabra
“campesino” aduciendo que es peyorativa e indigna. Es como si a una
persona de avanzada edad no se le pudiera decir “viejo” porque sonaría a
insulto. La discusión no debería ser cómo llamarlos – “pequeños empresarios
del campo o campesinos”-; el asunto no es enfrascarnos en discusiones
lingüísticas, sino en que su actividad sea rentable económicamente, que
tenga acceso a créditos justos y que se elimine la intermediación abusiva,
entre otros temas.
¡Hasta pronto!