EL SAN PEDRO

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                           san pedro

Después del San Juan siguen las fiestas de San Pedro. Las cuales han sido catalogadas como las fiestas de los pobladores urbanos, al contrario del San Juan, definidas como eminentemente campesinas. En los pueblos de tierra caliente, especialmente al sur del Tolima y norte y centro del Huila, se concentran varios hechos relevantes entrelazados armónicamente con el San Pedro: el principal de ellos es musical, pues el sentido alegre y fiestero de sus habitantes comenzaron a proyectarlo las bandas de los municipios que se crearon en las primeras décadas del siglo XX, según referencia del escritor Helio Fabio González Pacheco[1].

De otro lado, el San Pedro es una fiesta que motiva a los del Tolima Grande a expresar el amor entrañable por su tierra; este afecto lo plasmó Luis H. Rivas Rojas, así:

 “Llegar a nuestros pueblos, en esta época, es encontrarnos con compadres y comadres; es vivir la tarde de junio cerca de un horno que ríe con el tiempo […] es encontrarnos con un hombre de fuerte semblanza curtido por el sol, de arremangado pantalón pero creyente en Dios […] es encontrarnos con una morena de trenzas largas, de mirar atardecido, de corazón casto y de secretos […] es respirar profundamente la brisa de sus arrozales, tomarse una mistela o un aguardiente, y regocijarse con un trozo de bizcochuelo. Es observar los viejos caminos bordeados por guásimos, matarrones y samanes […] y hasta bañarse en la recordada quebrada […] es volver de ronda por las calles añoradas y preguntar por nuestros personajes predilectos”.[2]

Es natural que todos estos factores conserven su hilo conductor con el San Pedro, la fiesta principal del Huila y Sur y Centro del Tolima. El compadrazgo, por ejemplo, es una costumbre que se forjó en el seno de la vivencia diaria entre vecinos, amigos y parientes. Es el vínculo de unión a través del cual se realizan reuniones, encuentros y fiestas, sea en el campo o en el pueblo. Es ya un elemento cultural enraizado a lo largo del Gran Tolima. Igualmente, con ese dejo característico del calentano, se identifica claramente al hombre nacido en esta región.

Otro factor preponderante es la semblanza clara del varón y la mujer; él fuerte y ella morena, generalmente de trenzas largas. Un prototipo realmente especial que define rasgos propios. Podría decirse que son la resultante de un largo proceso de fusión y asimilación cultural.

Sin olvidar que el medio exterior ha ayudado con su trazo a delinear el perfil, la figura, la silueta y la sombra del varón que nació y se forjó en los llanos del Huila y el Tolima.

Nuestro hombre conoce como su mano todos los secretos de su actividad, sea la agricultura o la ganadería, y por eso su relación con el entorno en que vive es dinámica, activa, dependiente. Vale decir que los hilos de su vida germinaron en la tierra misma y se profundizaron en el subsuelo hasta quedar aferrados con los árboles centenarios.

Esta especie de preludio de remembranzas, afectos y costumbres manifiestas que se amalgaman después en el San Pedro, son el componente palpitante de la fiesta, en la que se expresa además todo el sentir pasado y presente de quienes allí viven o llegan a participar de la tradicional celebración.

El lugar donde se celebra el San Pedro es el mismo Llano Grande, tierra de libertad; parece una inmensa puerta abierta por donde se entra a una de las provincias más queridas porque está casi en el corazón de la patria; estos dos departamentos constituyen un tesoro por su riqueza agropecuaria y, no obstante su progreso, conserva

rasgos culturales que son patrimonio nacional.

Uno de ellos es la música y el aguardiente que dan ritmo y alegría a la fiesta. La gente en las calles o en las casas, con sus amigos o acompañando a las reinas, vibra con la música de su tierra, se compenetra de ella y se sumerge en una especie de éxtasis que

embriaga todo su cuerpo con júbilo y contento.

Tal alborozo colectivo abarca también a quienes participan y viven por primera vez un San Pedro. Impresiona de la fiesta cómo propios y extraños propician vínculos de unidad, simplemente porque unos y otros han decidido coincidir en el mismo regocijo. Se fortalece aquí el concepto de identidad implícito en el San Pedro porque es una celebración que se compone de valores diversos surgidos y preservados al interior del mismo pueblo; fácilmente puede descubrirse el sentido de la conmemoración y penetrar en ella para compartir su sentir, su riqueza y su tradición manifiesta en la música que es una mezcla de todo lo que se ha forjado en el tiempo. Otro elemento valioso y muy visible en los desfiles de San Pedro son las figuras míticas: el mohán, el poira, la madremonte, la patasola, la candileja, el taita puro, la mama pura, el mandingas, la llorona, el cura sin cabeza, que rememoran creencias provenientes de épocas lejanas y que aún se conservan en la memoria del campesino, que es quien recorre en forma cotidiana los lugares donde regularmente se supone que habitan. El río, el monte y la llanura son algo así como la casa donde se han preservado estas creencias.

Siguen a los mitos, los matachines, los grupos de danzas y las comparsas que hacen el acompañamiento y dan colorido a la fiesta. Además de esto, recuerdan a nuestros ancestros constituyéndose en las piezas claves que insinúan directamente la real existencia de tiempos remotos cuando floreció y posteriormente se alteró una compleja sociedad que sentó las primeras bases de lo que siglos más tarde permitiría definir una parte de lo que es el tipo y la característica propia de los hijos que habitan esta tierra.

Pero uno de los puntos centrales del San Pedro, de las cinco últimas décadas, es la celebración de los reinados.

Las reinas son entonces el símbolo, en su esencia, más puro de la fiesta. Hacia ellas confluyen las miradas y el cariño; son ellas la razón por la cual se hacen a un lado las penas para abrirle las puertas al optimismo, a la seguridad, al deseo de vivir y de gozar a plenitud la vida.

Los desfiles como tales son un derroche de alegría popular, de música y de carrozas cuidadosamente adornadas con motivos del campo y algunas alegorías. En ellas se incorporan los frutos de la tierra y el colorido natural de la llanura, la imaginación y la sencillez alejada de pretensiones artificiosas.

El pueblo entero se vincula a los desfiles y marcha en medio del ruido ensordecedor de la pólvora. Los jinetes sobre sus cabalgaduras en completo entusiasmo por las calles dan mayor vistosidad a la fiesta. Y así, en esta especie de fantasía callejera continúa el San Pedro proyectando su vigencia tradicional. Nuevamente, por la tarde, la plaza se llena para la cita del toreo. Así la describe Rivas Rojas:

 “Rústica pero sencillamente bella. Este coso es testigo de amores, gritos y furruscas. Por su arena han pasado los mocetones o toreadores en tardes como ésta… Una vez aparece el animal embravecido, la barrera se colma de jóvenes y viejos enguayabados, prendidos o borrachos que desean sacarle un lance al toro. Es esta una clara manifestación popular que produce expectación e incertidumbre y a la vez alegría, entre quienes van a presenciar el toreo y el pueblo mismo que se mete al ruedo, generada por el peligro de la cornada de alguien que no supo responder con reflejos y malicia a la embestida del toro”. [3]

De otro lado, no falta en el San Pedro el exquisito asado huilense, la apetitosa lechona tolimense, los tamales, las rellenas, el caldo de chivo, los chicharrones, las papas saladas, la patata, la yuca sudada, la arepa orejeperro, el sancocho de gallina y de pescado y otras comidas típicas.

El momento culminante de las fiestas de San Pedro es la elección y coronación de la mujer más descollante del reinado; la que con sus encantos, sencillez, destreza en el baile, cultura general y su simpatía se ha ganado el corazón del pueblo y el visto bueno del jurado. Todos los argumentos de dicha celebración parecieran sintetizarse en un

solo instante. Se podría fácilmente recordar desde el comienzo lo que ha sido esta fiesta, por los elementos tradicionales que conserva con el paso de los años.

Por ello se dice que es parte del sentir huilense y sur tolimense. Porque el hombre del llano o de la cordillera de alguna forma coincide y comparte la misma entereza, el valor, el carácter, la dignidad, la hospitalidad y la humildad manifiesta en cada corazón. Para conocer sus tesoros, sólo basta adentrarse de lleno en el San Pedro; compartir con alegría la fiesta; tomarse unos tragos; escuchar con atención una de las bandas y uno de los grupos rajaleñeros; observar las danzas y las figuras mitológicas; ir al toreo y participar en el desfile y en lo posible en la cabalgata, para descubrir que la riqueza está realmente en esos hijos del Huila y Tolima que desde los amaneceres frescos de la noble tierra que los vio nacer tienen puesta su mirada más allá de la montaña blanca, de la Montaña Luminosa.

Como conclusión respecto de estas fiestas, es conveniente tener presente lo que el historiador Bernardo Tovar Zambrano nos dice:

 “La fiesta, por todo lo que ella implica, por el universo social y cultural que ella condensa, cumple en esta materia una función importante, la de tipificar y representar a la región huilense y sur tolimense, constituyéndose en la festividad emblemática de la comarca. Se trata de fiestas originariamente traídas por los españoles al Nuevo Mundo, las cuales, como en varias colonias, cobraron escenario en el Nuevo Reino de Granada, para finalmente enraizarse en el valle del Alto Magdalena, en el territorio que antaño se conocía como el Gran Tolima.

“El largo proceso de construcción de la identidad hunde sus raíces en el pasado, pero al mismo tiempo se enriquece y se redefine en el presente. En esta dialéctica, el rescate y la conservación de la memoria y del legado cultural son procesos básicos que se integran a la resignificación presente de la identidad. Ante la crisis de los tiempos actuales, ante la epidemia de olvido para el pasado y la falta de utopía para el futuro, la fiesta se presenta como un escenario privilegiado donde colectiva e integradamente se rememoran los orígenes, se celebra el autorreconocimiento en el presente y se conciben ilusiones para apostarle al porvenir. Con ello, aseguramos nuestra continuidad en el tiempo”.[4]

Ese es el San Pedro que entregamos a Colombia y al mundo. Es la ofrenda, la gracia, el regalo, el presente, el obsequio de las gentes nacidas allá en el llano grande; el pueblo de mil amores; el hogar donde los viejos forjaron una de las regiones más ricas del país.

 Escrito por:  CAMILO FRANCISCO SALAS ORTIZ

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[1] GONZALEZ PACHECO, Helio Fabio. Historia de la música en el Tolima. Ibagué. Fundación Antonio García. 1989. Pág.7.

[2] RIVAS ROJAS; Luis H. Pregón de Fiestas. El Espinal (Tolima). 1985. Pág. 3.

  [3] RIVAS ROJAS; Luis H. Pregón de Fiestas. El Espinal (Tolima). 1985. Pág. 6

[4] TOVAR ZAMBRANO, Bernardo. Región, tradición e identidad. En Historia General del Huila. Vol.5. Santafé de Bogotá D.C. Panamericana, Formas e Impresos S.A.. 1996.  Págs. 434  a 442.