GABO POR SIEMPRE: Final de la Historia del Nobel y comienzo de la Leyenda del Hijo del Telegrafista

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La urgencia de llenar las líneas de un cuaderno con palabras que expresen el profundo peso de nuestra orfandad se aminora cuando éstas quieren liberarse en torrentes incontenibles comprometiendo nuestro pensar. Quisiera tener la razón de escribir de la manera más auténtica sin caer en el oportunismo amarillista de la noticia o en el peor de los casos, que mis ideas se atrevan a desacralizar toda la catedral mística de tu obra literaria, que cada día conquista más simpatizantes.

Qué corto es un día para reconocer el final de la historia de nuestro Nobel. Ese hombre que con supo descubrir que la verdadera realidad que nos caracteriza está llena de magia y que sólo bastará atenuar nuestro sentidos para dejar que nos seduzca con sus hilos de nostalgia y de misterio que entretejen nuestra identidad. Muchos eruditos fascinados por tu obra quedaron inermes en una colcha de incertidumbre tratando de descifrar la pócima mágica que los conduzca al descubrimiento de tu creación. Los imagino como en tus relatos de antaño cuando los conquistadores torvos sedientos del oro se quebrantaban en estados delirantes y febriles al no poder encontrar El Dorado o la Fuente de la Eterna Juventud.

El valor de la historia fue una de tus preocupaciones y precisamente en la crítica nos advierte que existen dos realidades: 235.-GaboUna escrita en el papel y la otra es la que vivimos. Con esto es claro que la historia que escribieron sobre nosotros, los que se dijo al momento del desembarco no corresponde a la realidad que nos caracteriza. Como lo dijera Bolivar, somos un pequeño género humano y lo entendiste cuando en el génesis fundacional de nuestra identidad instaura las bases de las culturas que fraguaron nuestra existencia. “Somos aventureros congénitos”, para destacar el legado de los españoles y a su vez del lado indígena nos viene la recurrencia al misticismo, a la magia, a la superstición. Quisiera retomar una de tus frases que dan sentido a la esencia de lo que somos: “En cualquier parte del mundo se ve un Colombiano haciendo lo mejor o lo peor; pero nunca inadvertido… en el folclor del mundo se les conoce que ningún colombiano se deja morir de hambre”.

El tema de la SOLEDAD elegida se hace llevadera en el personaje mítico del Coronel Aureliano Buendía quien encarna la vida misma de todos los colombianos que se la juegan a diario para sobrevivir en un mundo matizado por las desigualdades y los señalamientos. Todos sucumbieron en su intento y terminaron sumidos en la más profunda soledad. Recuerdo cuando decías que el mayor sueño tuyo era la paz para Colombia. En tu corazón nostálgico se quedó frustrado el sueño de todos los que te amamos. Sin embargo, tu deceso motivo las frases de condolencias de aquellos fanfarrones que quieren posar ante los medios, con decretos y manifiestos de toda índole, un sentir ajeno a tu ideal de paz. Ministros, presidentes, diputados desfilan en su afán de perpetuar con un discurso, un gesto, una palabra aquello que por siempre ocultaron tras la bondad de las palabras y que hoy son motivo de deshonra porque somos uno de los países más corruptos y que han condenado a las futuras generaciones a no tener otra oportunidad o en el peor de los casos, nos condenaron a la soledad. La comunidad de intelectuales en el mundo conocen la tamaña pérdida de tu partida, el dolor del desarraigo que te condenó a añorar el olor de la guayaba y el gemir de un acordeón. Qué bueno encontrar en tus palabras el analgésico que mitiga el peso de nuestra soledad y es por ello que quiero citarlas: La verdadera muerte no empieza con la vejez sino con el olvido. A nuestros gobernantes y dirigentes les quedará el sinsabor de no poder descubrir a Gabo entre líneas. Sí, porque las injusticias, el abuso de autoridad, el exterminio y el olvido se desarrollaron en todas sus obras. Fue un nostálgico soñador aquel que fundó a Macondo con un diseño magistral en donde todos los habitantes tenían derecho al mismo sol y todos podían recoger el agua con el mismo esfuerzo, esto es un ejemplo digno de la magia que caracteriza su literatura y del cual no se necesita ser sabio para descubrir la posición del autor que sueña con un país más justo y al alcance de todos, especialmente de los niños.

No puedo dejar de sentir admiración gusto por la manera como te referiste a la mujer. Ese personaje de tamaña estatura1393007478_015914_1393008068_noticia_normal que consideraste superior al hombre. De hecho, encargaste siempre que la mujer es la que mejor sabe administrar los destinos de los hombres porque en esto de ser machas nos llevan mucha ventaja. Fuiste capaz de reconocer la belleza que se oculta tras la sonrisa de una mujer rescatándola de los hados maléficos de la cultura del consumismo. Para ello es preciso reconocer en el manifiesto del dulce sabor de una mujer exquisita no es aquella que le preocupa que el bisturí pase por su cuerpo y de ser rubia a toda costa…”Una mujer exquisita no es aquélla que tiene más hombres a sus pies; sino aquélla que tiene uno solo que la hace realmente feliz. Una mujer hermosa no es la más joven, ni la más flaca, ni la que tiene el cutis más terso o el cabello más llamativo; es aquélla que con tan sólo una franca y abierta sonrisa, con una simple caricia y un buen consejo puede alegrarte la vida”…

El mejor homenaje que podemos rendirte es gozar cada una de tus producciones literarias que se inician con un buen curso de lectura cuando el abuelo cuenta a su nieto una historia, cuando en lugar de mensajes vulgares en la red obsequiamos un libro, cuando leemos con los niños y le obsequiamos su primer libro de cuentos y cuando de verdad queremos entender que la magia no está exhibida en los medios que nos venden sino en el corazón de cada uno de nosotros y que cuando llegue el momento en que nuestros cuerpos irremediablemente se enfríen no sintamos el caos terrible de desaparecer por haber dejado de vivir intensamente o como lo dijiste: La muerte empieza cuando se uno deja de enamorarse. Q.E.P.D… Gabo por siempre.

Escrito por: Mauricio Salgado Sanchez
20 de abril de 2014