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La verdadera historia del embajador de la India – Por Alvaro Trilleras

La verdadera historia del embajador de la India – Por Alvaro Trilleras – Hace algunos meses el señor, Gerardo Betancurt, me envió por Messenger, un comentario, en el que me informa sobre la existencia de la verdadera historia del Embajador de la India, contada por Jaime Rico Salazar, amigo y compañero de colegio de Jaime Torres Holguín, natural de Yaguará- Huila, el personaje pintoresco que hizo reír a los Opitas. Como es un documento histórico, que me parece muy cercano a la realidad, se lo comparto a todos ustedes, para conmemorar estos episodios, ocurridos en la temporada del San Pedro de 1962.

“EL EMBAJADOR DE LA INDIA
“El embajador de la India” es una película de humor colombiana filmada en 1986, dirigida por Mario Ribero con guion de Mario González. Fue protagonizada por Hugo Gómez, Edgardo Román, Olga Lucía Alvira, José María Arzuaga y Martha Arévalo. Aunque fueron hechos que sucedieron, el argumento de la película distó mucho de la historia como realmente pasó, por falta de información.
Muchos de ustedes recordarán que por allá en el año 1961, la radio y la prensa informaron de una supuesta suplantación que una persona había hecho, de hacerse pasar como Embajador de la India en la ciudad de Neiva. La ciudadanía de esta ciudad se quedó perpleja al conocer los detalles que fueron noticia en el país. Y gozaban al saber de la feliz inocentada que una persona le había hecho a las autoridades locales y a la sociedad encopetada de la ciudad.
Fue tanta la popularidad que tuvo la noticia que hasta el Dr. Jorge Villamil le compuso una canción al “Embajador de la India”…y la interpretaron Emeterio y Felipe, Los Tolimenses…
Pasado algún tiempo un conocido director de cine y televisión tuvo la idea de llevar la historia a la pantalla, pero no tenía mayor información de los detalles que entonces pasaron. Una emisora de Bogotá, en un programa nocturno que tenía mucha audiencia, solicitó en varias oportunidades a sus oyentes que si alguien conocía la historia la contara para tener argumentos para la película. Y no apareció nadie que informara detalles concretos. El director de la película tuvo que inventarse la historia con muy pocos detalles exactos de lo que había sucedido y por supuesto que no se acercaron nunca a la realidad. Entre otros detalles porque el supuesto Embajador nunca se identificó como tal y tampoco usó turbante. Yo conocía la historia como realmente sucedió, pero entonces vivía en Costa Rica y cuando supe la noticia ya habían filmado la película.
El supuesto Embajador se llamaba Jaime Torres y terminó conmigo el bachillerato en el colegio Santo Tomás de Aquino de Bogotá en 1956. Por el año 1965 me lo encontré en Ibagué y en el bar del Hotel Raad me contó toda la historia como realmente sucedió…
Primero veamos algunos antecedentes de Jaime Torres Al comenzar el año lectivo de 1956 tuvimos la sorpresa de tener un nuevo compañero de curso. Sorpresa, porque sabíamos que para hacer sexto bachillerato en el colegio Santo Tomas de Aquino de Bogotá, no recibían alumnos nuevos. Nuestro nuevo compañero era de regular estatura, bastante moreno, de profundas ojeras, usaba lentes sin marco en el vidrio y nos llamaba la atención los rasgos indúes que tenía.
Pero estábamos muy lejos de conocer su procedencia. Era de Garzón (Huila) y venía de hacer 6 años en el Seminario de esa ciudad, en donde el Obispo era tío suyo. Con esa recomendación bastaba para ser admitido en un colegio regentado por sacerdotes dominicos.
Jaime, nuestro nuevo compañero era amable, simpático, buen amigo, inteligente, dominaba el latín, que para nosotros era un karma y nos ayudaba cuando estábamos pasando aprietos presentando exámenes. Hablaba bien inglés y francés y tenía unas sólidas bases de cultura general, que hoy ya no tienen los que terminan bachillerato. Así transcurría el año lectivo, cuando en el mes de octubre, Jaime tuvo la infeliz idea de casarse al escondido con una compañera de estudio de su hermana que estudiaba en el colegio María Auxiliadora. Y cuando el Padre Rector supo la noticia del matrimonio lo despidieron inmediatamente del colegio.
Nos pareció absurda la determinación, más sabiendo que faltaba un mes de estudio para obtener nuestro cartón de Bachiller. Como yo tenía muy buenas relaciones con el Padre Rector, Fray Luis J. Torres (que posteriormente refundó la Universidad Santo Tomás) fui comisionado por mis compañeros para que hablara con él e intercediera para que lo dejara terminar el año. Pero fue imposible convencerlo.
El Padre Rector aducía que Jaime ya había asumido otras responsabilidades y que además no era conveniente que una persona que ya sostenía relaciones sexuales, tuviera contacto con nosotros. (Los criterios sexuales de la época). Solamente pude conseguir una concesión, que presentara los exámenes finales en forma independiente y que si los pasaba le dieran el cartón de Bachiller, pero sin que figurara en el “mosaico” que se acostumbra hacer en los grados. Jaime los presentó, los pasó y le dieron el certificado de Bachiller. A su esposa también la expulsaron del colegio por las mismas razones.
Y no volví a saber nada más de Jaime.
Hasta cuando se hizo pública la noticia del supuesto Embajador de la India, porque su nombre apareció en los periódicos y me di cuenta que había sido mi compañero de colegio. En 1965, estaba yo trabajando con un laboratorio farmacéutico como Supervisor de Visitadores Médicos, cuando visitando la ciudad de Ibagué me encontré con Jaime. Estaba en un jeep del ejército con varios soldados, pero nunca supe en que labores se encontraba.
Esa noche nos encontramos en el bar del Hotel Raad (ya no existe) y me contó toda la historia del Embajador de la India…
Cuando fue expulsado del colegio, quiso tomar un curso de piloto de aviones y como su padre era de condición económica solvente lo ayudó para que tomara el curso hasta el final. Y se graduó como piloto comercial. Entonces consiguió un puesto con una empresa aérea que trasportaba en avionetas pasajeros, carga y correo por los llanos orientales. Conoció así todos los aeropuertos que entonces existían en esa inmensa zona, y por supuesto de tanto hacer esos recorridos todos los días no necesitaba cartas de navegación, porque se las conocía de memoria.
Llevaba dos años en ese oficio cuando un amigo indú le propuso que fundaran un instituto de yoga en Bogotá y como le gustó la idea, renunció a su puesto de piloto para dedicarse a la nueva empresa.
El hindú le enseñó yoga y lo preparó como instructor. Además lo vinculó a la cultura indú y le enseñó historia y geografía de la India. Después de dos años, Jaime se sintió cansado y no quiso trabajar más en esa labor. Se retiró del Instituto y el socio lo indemnizó con $30.000.oo pesos. (entonces era mucho dinero). Decidió tomarse unas vacaciones y viajó a Girardot, pero estaba solo porque ya se había separado de la esposa. Como no encontró mucho que hacer en el puerto tomó el autoferro y se fue para Neiva. Llegó al Hotel Plaza, se inscribió con su nombre y guardó el dinero en la caja fuerte del hotel para mayor seguridad.
Se levantaba temprano en la mañana y se ponía a hacer ejercicios de yoga en la piscina del hotel, que queda enfrente del comedor. Así muchas personas lo podían observar, entre ellos el administrador del hotel, que anteriormente había tenido un cargo diplomático. Y se le metió en la cabeza a éste señor que el pasajero con “pinta” de hindú que hacía yoga en la piscina era el Embajador de la India que estaba de incógnito tomando unos días de descanso.
En un momento determinado abordó a Jaime y hablándole en inglés le preguntó que si era un funcionario diplomático hindú que quería descansar haciéndose pasar de incógnito. Jaime le respondió en inglés que eso no era cierto. Pero el administrador no le creyó. Y sin pensarlo dos veces se fue a buscar al Gobernador para manifestarle que en el hotel estaba de incógnito el Embajador de la India. Para fortuna del funcionario no estaba ese día en Neiva (se salvó de milagro) y buscó entonces a uno de los secretarios de la gobernación que hablara inglés para darle la noticia. Decidió entonces el funcionario hacerle un saludo oficial y un homenaje y fueron al hotel a comunicarle tal decisión. En las horas de la tarde tendieron una alfombra roja de la Gobernación al Hotel Plaza que queda al frente, atravesando el parque y con las notas marciales de la Banda Municipal le hicieron entrega de las llaves de la ciudad de Neiva. Jaime, expresándose en inglés, les dio las gracias por el detalle tan especial que habían tenido con él.
El administrador del hotel llamó enseguida a don Oliverio Lara, personaje muy conocido en el país, con muchos recursos económicos (desafortunadamente fue secuestrado y asesinado en 1965) y le informó la calidad de huésped que tenían en el hotel. Entonces don Oliverio fue a saludarlo y le invitó (siempre hablándole en inglés) a que conociera su hacienda Larandia, que está en el Caquetá. Jaime aceptó la invitación y al día siguiente en la mañana pasaron al hotel a recogerlo para llevarlo al aeropuerto.
Cuando estaban ya frente a la avioneta de don Oliverio, Jaime le pidió el favor de que le dejara conducir la avioneta. Don Oliverio se sorprendió, pero conocedor de la preparación que tienen los embajadores europeos (en esta época no se da mucho de eso) con cierta natural desconfianza, le dejó tomar el puesto del piloto. Jaime, acostumbrado como estaba a este oficio, revisó uno a uno los instrumentos del tablero, con mucha tranquilidad condujo la avioneta a la cabecera de la pista y despegó con mucha facilidad. Sin ver cartas de navegación y con algunas indicaciones que le dio don Oliverio, condujo la avioneta hasta Larandia, y aterrizó con gran seguridad. Don Oliverio lo observaba con detenimiento y admiración porque no se explicaba como un extranjero sin cartas de navegación en los llanos orientales colombianos, que son tan extensos, se desempeñara en forma tan profesional. Qué se iba a imaginar don Oliverio que Jaime conocía esos territorios como la palma de su mano. En Larandia estuvieron un día, para luego regresar a Neiva, en la avioneta piloteada por Jaime.
En Neiva le tenían preparada una conferencia en el Club Social. Querían que hablara sobre algún aspecto de la India y Jaime aceptó hablar sobre una gran hidroeléctrica que estaba en construcción en alguna parte de la India. No fue mucha la audiencia porque la charla era en inglés, pero descrestó con sus conocimientos a los asistentes.
Mientras tanto don Oliverio lo volvió a invitar a hacer un recorrido por la ciudad, el que terminó en una elegante casa de prostitutas, programa espectacular para Jaime que hacía días no tenía relaciones íntimas con una mujer. De todas maneras no sería mucho lo que podía hablar con ellas en inglés, aun cuando en realidad no era necesario. Don Oliverio hacía de traductor. Y las muchachas ya sabían lo que tenían que hacer. Allá amanecieron esa noche y el día siguiente. Mientras tanto en el Club Social de Neiva habían programado un banquete en honor del Embajador de la India. Infructuosamente lo buscaron en el hotel para comunicarle lo del banquete. Pasó la tarde y llegó la noche del banquete sin que apareciera el Embajador. Las personas encargadas de la organización no sabían que hacer, hasta que les manifestaron que el Embajador estaba con don Oliverio. Y pusieron a varias patrullas de la policía a localizar su automóvil por toda la ciudad, hasta que lo encontraron. Le comunicaron que lo estaban esperando en el Club. El gran problema es que no tenía ropa adecuada para presentarse al banquete. Don Oliverio lo llevó a su casa y como pudieron lo vistieron adecuadamente.
Llegó al Club Social, en donde lo esperaba lo más selecto de la sociedad de Neiva y lo presentaron como gran figura diplomática. Conversó con muchas personas (siempre hablando en inglés) y se dio gusto bailando con las damas más bellas que asistieron a la reunión. Llegó el momento del banquete, se sentó en el sitio que le habían asignado y sirvieron el menú. Un delicioso estofado de carne de res. Jaime lo observó y haciéndosele agua la boca, les manifestó a las personas cercanas, que él no podía comer carne de res porque para los indúes son sagradas. Que “metida de pata” la del Cheff del club, ofrecerle a un indú y nada menos que al Embajador de la India carne de res.
Le pidieron mil disculpas por el agravio y le sirvieron un gran plato de verduras y frutas. Me imagino el regaño que los directivos del club le dieron al cheff por su ignorancia.
Cuando la fiesta terminó ya en las horas de la madrugada, una fila de invitados se había dispuesto para despedirse de mano del Embajador. De pronto en esa fila se encontró con una persona que lo conocía y era nada menos que un detective del DAS. Se dieron la mano como si nada pasara y continuó despidiéndose con la mayor naturalidad de los invitados. Luego lo llevaron al hotel.
Pero el detective no se quedó callado e inmediatamente le informó a su jefe que el tal Embajador de la India era un suplantador y a las cinco de la mañana le cayeron al hotel para detenerlo. Jaime se defendió y les manifestó que él nunca había dicho que era el Embajador de la India y que se había registrado en el hotel con su verdadera identificación. Lo cual pudo demostrar. Que el que lo había metido en el embrollo había sido el mismo administrador del hotel. Pero de todas maneras se lo llevaron detenido.
Y la noticia se regó como pólvora en Neiva. La gente muerta de la risa al ver la inocentada en que habían caído los funcionarios de la Gobernación y la élite del Club Social, lo defendían. Los choferes de los taxis organizaron una protesta para que lo dejaran en libertad y se propusieron toda la mañana, en darle la vuelta a la manzana en donde estaban las oficinas del DAS haciendo sonar sus bocinas.
Mientras tanto su tío, el Obispo de Garzón al conocer los acontecimientos interpuso su influencia consiguiendo que lo dejaran en libertad, ya que nadie había hecho una denuncia formal por los hechos ocurridos. Y así terminó la historia del Embajador de la India. Ahora si pueden hacer otra película con el argumento verdadero que además es muy simpático e interesante.
Algún día estando yo en la plaza principal de Facatativá vi pasar un bus Bolivariano y desde una de sus ventanas un pasajero me saludaba afanosamente con su mano. Era él. Nunca más lo volví a ver. Otro compañero de colegio me informó después que se lo había encontrado vestido con un uniforme de coronel de la RAF, Fuerzas Aéreas de Canadá y hablando en francés. Sabrá Dios en que historia andaba metido entonces. A estas alturas de la vida Jaime, si aún vive ya debe tener 80 años. Yo soy un año mayor que él.
Datos biográficos del libro “La Canción Colombiana, su historia y sus compositores” de Jaime Rico Salazar.”

Fotografía suministrada por la familia de Jaime Torres Holguín al periodista, Olmedo Polanco, publicada en el Diario El Tiempo.

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