Síguenos

Opinion

Opinión De Mario Benedicto Parra: Cada quien da lo que es

Opinión De Mario Benedicto Parra: Cada quien da lo que es – En un viaje a México que realicé en el 2019, compré en una feria del libro en la Plaza de la Constitución, conocida como el Zócalo, un pequeño libro y luego de leerlo me convencí que había adquirido un gran libro:

El libro es una síntesis de la sabiduría popular mexicana. Se titula “El filósofo de Güemes” del autor Ramón Durón Ruiz. Contiene máximas, sentencias, anécdotas, cuentos e historias de diverso tipo, muchas de ellas situadas en el ámbito rural. He elegido una de ellas para que me sirva de “hilo conductor” de estas líneas: “Después fue a su jardín y cortó doce rosas rojas, las arregló cortándole las espinas, las colocó en la bandeja con una nota que decía: “Cada quien da lo que es”.

La he elegido ante la avalancha de insultos que oigo y veo lanzarse a todas horas a los políticos   y a los contertulios en la radio y redes sociales. Verdaderas retahílas de insultos, palabrotas, gestos soeces y expresiones despectivas lanzadas al adversario político o al contrincante ideológico.

Qué palabrería. Se diría que los agresores están entrenándose para redactar el “Diccionario de palabras envenenadas”. Qué ordinariez. Los insultos se suelen lanzar a gritos a la cara del presunto o real enemigo. ¿Por qué gritan?, me pregunto muchas veces. Pienso que existe por parte de mucha gente la creencia de que mientras más se grita más razón se tiene o más contundencia poseen las palabras.

Qué impunidad. Se puede decir todo lo que se quiera sin que pase nada, sin que haya ninguna consecuencia. Sencillamente se confunde la libertad de expresión con la libertad de agresión. Vale todo en el ataque. Cualquier tipo de insulto se va por el desagüe de las audiencias sin comprometer a quien lo profiere.

Qué saña. Se pretende hacer daño. Se pretende dar donde duele. No se tiene en cuenta que, al comportarse de esa manera tan violenta y gratuita, se falta al respeto no solo a quien se insulta sino a todos los testigos de la agresión.

Qué falta de respeto. Las personas, por el hecho de serlo, son depositarias de una dignidad esencial que nadie debería menospreciar o ignorar. No solo es el contenido de lo que se dice lo que quebranta el respeto y la dignidad del ser humano, es también la forma de decir las cosas, como sucedió con el llamado que hizo un candidato presidencial a “destripar a miembros de la izquierda”; hecho que constituye un delito, instigar a cometer crímenes de odio contra opositores políticos. El “animus iniuriandi”, expresión usada en el derecho penal, es tan patente que basta ver la expresión de la cara o escuchar el tono de las palabras para comprobar de forma clara el desprecio y odio.He visto utilizar con frecuencia y simplismo una justificación peregrina después de proferir gravísimos insultos: decir que no se está insultando sino definiendo. Como si esa aclaración no elevase un grado más el nivel de la agresividad.

Insultar, agredir, calumniar son deportes que se han puesto de moda. Se practican de forma gratuita, pública y reiterada. Sin tener en cuenta que la dignidad de las personas obligaría a cuidar el lenguaje y a respetar a los demás.

Toda esa sarta de insultos, de descalificaciones, de vulgaridades que se sueltan en programas de máxima audiencia y en redes sociales, con niños y niñas que escuchan el modo de hablar de los adultos, ¿cómo les podemos decir luego “que eso es una falta de respeto”, que “eso es una ordinariez?

He hablado al comienzo del “Filósofo de Güemes” y les traigo anécdota que ha inspirado estas líneas. Ahora me sirve de colofón y de oportuna conclusión a estas reflexiones. La anécdota dice así:

“Holocrino, el viejo y perverso agricultor de la región, se enteró de que Farmarina, la humilde señora que lavaba ajeno en Güemes, cumplía años. En presencia de su grupo de amigos, ordenó, irónicamente, prepararle un presente: una bandeja -de esas que regalan en sus promociones las compañías refresqueras- llena de basura y desperdicios.

Lleno de soberbia, mandó entregar el regalo, mismo que fue recibido alegremente por la modesta señora, que gentilmente agradeció el obsequio, solicitando al chofer que la esperaran un momento, ya que le gustaría devolver la atención.

Tiró la basura e inmediatamente se dirigió al patio de su casa a lavar la bandeja, después fue a su jardín y cortó doce rosas rojas, las arregló cortándole las espinas, las colocó en la bandeja con una nota que decía: “Cada quien da lo que es”.

La historia ofrece una explicación certera de la causa por la que se arroja por la boca toda esa basura sobre el prójimo. Un prójimo que, para colmo, está muchas veces ausente del escenario en el que se vacía toda esa porquería.

¡Hasta pronto!

DEJA UNA RESPUESTA

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Más en Opinion