Opinión De Mario Benedicto Parra: Erradiquemos La Corrupción – Indiscutiblemente, en más de 200 años de vida republicana, el problema más visible que ha tenido nuestra Colombia es el de la corrupción generalizada, el dolo, el acoso, la burla de las leyes y la deshonestidad de funcionarios en todos los niveles de la administración pública y en todos los Poderes del Estado. Es el más grave porque es el que más a fondo daña la vida pública y privada del país. En la administración pública, es prácticamente imposible realizar cualquier gestión administrativa sin que, en alguna forma descarada o encubierta, haya que pagar comisiones y coimas.
¿Usted no cree que la mejor forma de querer a nuestra Colombia sea desligándonos de la corrupción?, ¿cómo se puede combatir a ese pulpo multiforme, de miles de tentáculos que se regeneran, invaden y pervierten todo? En varias de mis columnas de opinión he propuesto atacar firmemente la corrupción, cada uno de nosotros debe eliminar paulatinamente nuestra propia corrupción y así independizarnos de esta lacra social. Si no nos desligamos de la corrupción, lo demás será puro cuento.
Recuerde amable lector que la corrupción es el peor enemigo de Colombia. Este problema erosiona la moral de la sociedad, viola los derechos sociales y económicos de los pobres, socava la democracia y el Estado de Derecho y retarda el desarrollo de los pueblos. La corrupción es como una hidra a la cual le renacen las cabezas por todas partes. Es un delito que deteriora la fe del pueblo en sus representantes, es el enemigo más serio que tiene el sistema democrático. La corrupción erosiona la justicia, la estabilidad, la eficiencia de una sociedad y su capacidad para asegurar el desarrollo de sus miembros. Pero lo grave de nuestra sociedad no está solo en el nivel de corrupción, sino en la absoluta falta de respuesta y reacción frente al fenómeno, tanto a nivel individual como colectivo e institucional. Dicho de esta manera, el problema no está sólo en los que abusan, acosan, roban, defraudan o engañan, sino también en los que se rasgan las vestiduras ante tamañas indignidades pero que luego tratan con gran deferencia y respeto, o incluso con repugnante servilismo, a las personas que las cometen. No debemos conformarnos con reducir la corrupción a sus justas proporciones como decía el expresidente Julios César Turbay Ayala, sino desligarla de raíz.
Sin duda, la erradicación de la corrupción no se puede conseguir únicamente con la intervención estatal; es necesario un esfuerzo conjunto del Estado, la sociedad, el sector privado y los organismos internacionales. La sociedad civil será el componente más importante de esta alianza. En suma, somos los habitantes de Colombia quienes determinamos el grado de corrupción que estamos dispuestos a soportar. La población colombiana debe de estar dispuesta a hacerse oír. Recordemos que la corrupción tiene un costo sobre la vida de nuestros pueblos, porque arroja una fuerte sospecha sobre la eficiencia de la gestión pública, produce un mayor déficit fiscal y distorsiona el rol distributivo del Estado. Este fenómeno denota el abuso de una función social y el mal uso de los recursos constituyen un verdadero robo que afecta negativamente el patrimonio social del Estado. La corrupción empobrece a los países; los países más honrados crecen más que los corruptos. Esta lacra social redistribuye los recursos de manera no equitativa, ya que los ricos y privilegiados se benefician de las operaciones corruptas a expensas de los pobres y de los ciudadanos en general.
Creo indiscutible que debemos reaccionar frente a esta lacra social que está destruyendo nuestros pueblos, oprimiendo aún más a los pobres y contribuyendo al enriquecimiento de unos pocos. La corrupción es un delito sin delincuentes porque el corruptor se cuida de dejar evidencias, huellas, indicios o pruebas de su delito.
¡Hasta pronto!