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Opinión De Mario Benedicto Parra: Hablar bien

Opinión De Mario Benedicto Parra: Hablar bien – Ocurre con cierta frecuencia que autores de bien probado prestigio y buen hacer en la escritura no aciertan a exponer sus ideas con la misma fluidez y brillantez mediante la palabra.

Evidentemente, no es lo mismo enfrentarse a la hoja de papel en blanco o a la pantalla del ordenador no menos en blanco, para escribir sosegadamente un artículo, un relato, una novela o un ensayo, que hablar ante un auditorio sin tiempo para pensar en lo que se va a decir o responder, y sin poder corregirse sobre la marcha.

A veces resulta penoso escuchar un conferenciante que de manera continua introduce en su disertación interrogativos como ¿me hago entender? No cae en la cuenta del uso de semejante pregunta fatídica al suponer estar frente a un auditorio incapaz de comprender.

Oraciones inacabadas, faltas de concordancia, anacolutos, repeticiones, pobreza de vocabulario, son otros tantos fallos frecuentes en el discurso oral. Y me estoy refiriendo a una minoría culta, intelectuales y profesionales de la palabra. Si descendemos al pueblo llano, a esas personas a las que los reporteros de la radio o la televisión les preguntan en la calle su opinión sobre cualquier asunto, vemos la impresión que causan sus respuestas, carentes de toda corrección sintáctica y de toda sindéresis, no puede ser más lamentable.

Este panorama desolador de la facultad de expresión oral en personas de toda condición hunde sus raíces en la escuela, en la enseñanza. ¿Se enseña hoy a los escolares a expresarse en público, antes sus compañeros u otros oyentes? No. Es más, los colegiales de nuestros días apenas aprenden a leer en voz alta, con dificultades de comprender lo que leen.

Recuerdo que en el bachillerato que yo estudié se nos hacía participar en unos debates orales que se conocían con el nombre de concertaciones, en las que dos grupos de alumnos discutíamos sobre un tema propuesto. Aquellas contiendas verbales servían para que los estudiantes venciéramos el temor a hablar en público, aprendiéramos a exponer y defender unas ideas, a escuchar al oponente y rebatir sus argumentos.

En la universidad en la yo cursé estudios de Derecho y Ciencias Políticas, primaba la clase magistral, hoy tan denostada. Las lecciones eran conferencias de los distintos profesores sobre una materia o cuestión determinada.  Los alumnos tomábamos apuntes y, a lo sumo, hacíamos preguntas para que el catedrático nos aclarara alguna duda. ¡Daba gusto escuchar a la mayoría de aquellos doctos profesores!

A algunos ponentes actuales no les acompaña tampoco la voz, que puede ser atiplada o átona, con lo cual el resultado de su intervención es aún más deplorable.

Si la palabra debe ser el instrumento prioritario en cualquier situación de convivencia, se convierte en fundamental en periodos de crisis económica, política y social y de pérdida de valores como el que estamos viviendo.

No todos tenemos ni podemos tener la elocuencia de Demóstenes o de un Cicerón, pero aun así hablemos, conversemos, dialoguemos, discutamos. Hablar bien cuesta, pero hablar, aunque sea con tropiezos e imperfecciones, es necesario.

Coda: En un funeral de la democracia se convirtió la elección de consejos municipales y locales de juventud el pasado domingo 19 de octubre. Los votos obtenidos por las organizaciones políticas juveniles son paupérrimos. Solo el 10% de los jóvenes habilitados en el país, sufragaron. El resto no le importó. Jóvenes, no pierdan la oportunidad de grandes transformaciones. Es necesario más pedagogía.

¡Hasta pronto!

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