Opinión De Mario Benedicto Parra: No más secuaces de la violencia – Dice la canción “Violencia” del maestro José Barros: “Oigo el llanto que atraviesa el espacio para llegar a Dios…es el llanto de los niños que sufren y lloran de terror. Es el llanto de las madres que tiemblan con desesperación… es el llanto, es el llanto de Dios. Violencia, maldita violencia… porque te empeñas en teñir de sangre la tierra de Dios, porque no dejas que en campo nazca nueva floración. Violencia, porque no permites que reine la paz, que reine el amor, que puedan los niños dormir en sus cunas sonriendo de amor. Violencia, porque no permites que reine la paz”.
Los uribistas que no parecen estar cansados con la violencia en Colombia, ahora quieren intervención militar en Venezuela, aunque la propuesta no tuvo mayor interés más allá de ese partido. De hecho, ni siquiera los otros partidos de oposición se interesaron en el tema.
Los colombianos estamos cansados de la violencia que,por llevar décadas, se volvió cotidiana, como para tener ahora que lidiar con una guerra que no nos pertenece.Esa cotidianidad que para bastantes es un modo de vida, una fuente inagotable de recursos. Recursos con sabor a desplazado, a muerte, a venganza. El lucrativo negocio de la guerra fratricida, que empobrece a muchos y enriquece a pocos. La violencia, cualquiera sea su origen, no importa cual su destino, es una vergüenza para una sociedad civilizada.
Los uribistas insisten en meterse en una guerra fratricida como si estuviésemos obligados. La guerra siempre la pierden los violentos y la pierden los ciudadanos que no están en el conflicto. La pierde el General que desde su mapa de estratega dirige la batalla sin arriesgar su pellejo, poniendo como carne de cañón a jóvenes que no tienen otra alternativa distinta que acatar la orden de la violencia.
Tenemos violentos que quieren la guerra ajena y como si fuese poco, tenemos un partido político de secuaces de la violencia, de seguidores de la violencia que la aplauden a rabiar. Hablo de esos uribistas que, en palabras, discusiones, artículos y panfletos, la ven como una necesidad; una necesidad de aquellos que van a buscar ganancias o porque tienen la irracionalidad de los fanáticos.
Para los uribistas la guerra no significa nada malo, esos para los que la conquista de sus indefinidos y evidentemente mentirosos fines, justifican una guerra ajena con el estallido de bombas que vuelve trizas los cuerpos, cercena vidas, amputa miembros, deja heridos del cuerpo y del alma, con la vida destrozada.
Quieren destruir de paso poblaciones enteras en territorio fronterizo colombo-venezolano, que asustadas, con pánico, saldrán con lo que puedan al hombro para agregarse al horroroso, olvidado e inhumano mundo de los desplazados. Quieren la ráfaga de proyectiles que solo destruyen seres humanos.
Pero la violencia del uribismo que hace tanto daño, tiene pocos seguidores, así quedó demostrado en Cúcuta ante la soledad que acompañó al “Hitlercito criollo”. Los violentos han demostrado que, con el miedo, pueden manejar un país como les venga en gana. El miedo paraliza a las personas no violentas, porque el violento no tiene límites. El violento mata o manda matar, lo mismo da, es despiadado, cruel; casi siempre es un débil mental, un tonto resentido -que aún afirma que a su padre lo asesinó las Farc-. Ellos saben que quedan siempre impunes, por omisión o por acción, porque siempre encuentran quien los encubra, tienen las coartadas perfectas para engañar a la gente y burlar la justicia.
En este país descuadernado hace 200 años, con muchos politiqueros baratos, no puede seguir siendo la fuentede los violentos empeñados en teñir de sangre la tierra de Dios.
¡Hasta pronto!