Remembranza de las fiestas de San Juan y San Pedro en Campoalegre

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Durante los años cincuenta y parte de los sesenta, era corriente durante el San Juan  encontrar grupos de alegres tunantes recorriendo los caseríos de la Vega, Otás, Piravante y Llano Grande. Con ellos siempre iban los tipleros de a caballo. En cada casa que visitaban se prendía el jolgorio y la parranda.

 Como comida principal se ofrecía el típico marrano, asado en los pesados tiestos elaborados en el caserío de la Vega, el aguardiente no faltaba, se tomaba a pico de botella o en totumas, su consumo era exagerado pues por cualquier motivo se brindaba: un trago por la mejor copla; otro, por la mejor bailarina; otro más, por el dueño de la casa, en fin, por cualquier pretexto se ingería licor a borbotones.

Recuerdan algunos que las abundantes viandas se preparaban en los días previos a las dos festividades, por esto normalmente en cada finca se engordaban dos marranos, uno para el San Juan, y el otro para el San Pedro. Si al asado se le daba una correcta preparación, éste no se echaba a perder, permitiendo a las familias carnavalear durante todas las fiestas de San Pedro, sin ocuparse en preparar nuevos alimentos. Para elaborar los alimentos se trabajaba en minga, es decir, todos los miembros de la familia participaban de manera activa. Unos se encargaban de matar, despresar, adobar y asar el marrano y los ovejos, otros, se ocupaban de elaborar los biscochos, el pan, los bizcochuelos y los infaltables tamales. Encontramos también el que prepara la chicha, la mistela y la mejorana.

Así las cosas, en esta época  la cocina se convierte en un inmenso y bullicioso taller gastronómico, donde no solo se preparan los deliciosos manjares, sino que también es el principal tertuliadero de la familia y sus allegados. Allí se comentaban las noticias recientes, se hablaba de las cosas serias y de lo mundano, se “pelaba” a diestra y siniestra, se contaban los chistes rosados y obscenos, es decir, la cocina se convertía también en un delicioso relajo.

Por otro lado,  el  San Pedro se celebraba en el pueblo, allí también seguían los bailes de amigos y vecinos en las casas más grandes, se asistía a las cabalgatas, a las descabezadura de gallos, a las verbenas en los toldos, donde mientras se ingería licor se podía interactuar con los grupos raja leñeros y las comparsas, a las cuales no les faltaba el taitapuro, el diablo y la diabla y toda la parafernalia propia de estos eventos.

Las corralejas no faltaban, en el pueblo contiguo al matadero se elaboraba una, donde cada tarde los borrachines se exponían a ser atropellados por los enfurecidos toros. En los caseríos más poblados también se hacían encierros, donde los más osados o bebidos se enfrentaban a los toros, animados por la muchedumbre que los vitoreaba con el único fin de verlos dar volteretas por los aires, ante el empuje feroz de las bravas bestias.

Para la época también existían reinados, pero estos eran espontáneos, se elegía en pleno bailoteo a la niña que mejor bailara, la que presentara el traje más lindo, la más guapa, es decir, en vez de una, se elegían varias reinas, pero eso sí, el reinado de estas damas duraba solo un día.

Cuando se inicia en Neiva las festividades del San Pedro y el reinado del bambuco, empieza la decadencia de las fiestas sanpedrinas de los pueblos y la tradición del auténtico San Pedro se rompe. Los campoalegrunos le dan la espalda al folclor local. Ahora sus habitantes se van en masa a observar, como simple espectadores,  la programación de unas fiestas a Neiva, donde también el folclor está siendo arrinconado por aires extraños, que a la fuerza nos quieren imponer.

Medardo Zabaleta Ipuz –   Especial Centro Noticias