Opinión De Mario Benedicto Parra: Interrogatorio –Depredadores sociales -Hace muchos años me encontré a un paisano en el centro de Medellín y en medio de la charla le pregunté qué hacía él en esa ciudad y me respondió: “Yo era de Campoalegre, lo pobres no tenemos patria, trabajo aquí. He pasado de pobre absoluto a pobre reconocido, al menos ya cuento con un empleo para satisfacer mis necesidades básicas”.
En redes sociales se acusa a los pobres de “desagradecidos” por cuestionar la calidad de los mercados que les entregan en estos difíciles momentos, y no es para menos, muchos de ellos con productos vencidos y en mal estado. Además, han sido tachados por los sectores más reaccionarios de ser vagos, mantenidos y que “todo lo quieren regalado”, tal vez porque entienden la pobreza con un argumento tan simplista como ingenuo.
Antes de analizar este argumento, sería importante plantearnos dos preguntas: ¿Qué entendemos por pobreza y por pobre? ¿Por qué en un país de gente tan católica y evangélica se discrimina a los pobres que buscan diariamente sus mínimos vitales para seguir existiendo? Las respuestas a ambas preguntas no son tan simples como nos los quieren hacer creer ciertos simpatizantes de la doble moral y del belicismo de la ultraderecha.
Pobre es el que siente carencia de bienes materiales y no el que carece de bienes materiales. El pobre que no carece de lo necesario soluciona sus necesidades básicas. Las necesidades básicas son la vivienda, el trabajo y el futuro. El trabajo da alimento, salud y educación. Tener una casa, un carro y una finquita o un local comercial, por ejemplo, no es riqueza, es una pobreza mejorada que busca satisfacer las necesidades básicas para crear condiciones mínimas para una existencia humana digna.
La pobreza de muchos colombianos se cimienta sobre el despojo violento de sus tierras. Los indígenas que, dicho sea de paso, tampoco eran pobres, los empobrecieron. Y no sólo se les expropia de manera brutal su trabajo y vida, se les expropia el derecho a existir dignamente.
A los pobres se les arroja a las periferias cuando el país es visitado por personajes como el presidente de Estados Unidos o el Papa; se les lanza a vivir escondidos, pero se les reconoce cuando hay un buen plan de negocios público-privado, como la compra de mercados al por mayor, del que muchos políticos han sacado partida económica por estos días.
Para la clase media -que también es pobres y endeudada con los bancos-, los pobres y expropiados son unos avivatos, que se aprovechan con los generosos subsidios del Estado; son, además, unos perezosos que no gustan de trabajar y pasan el tiempo engendrando hijos en la pobreza. Esto solo se ve en Colombia, los pobres de clase media tirándoles vainas a los pobres de clase baja.
Esta concepción demuestra una vez más lo equivocados que estamos; no hay compasión por los colombianos en situaciones de dolor, conflicto, exclusión y pobreza. Esta nueva generación de “pobres que simulan de ricos”, tilda a los pobres más pobres como inferiores, los cataloga de flojos, resentidos y violentos; de ignorantes y poco esforzados. Esta es la “polombianidad” clasista en toda su extensión.
¿Qué se puede esperar de una sociedad que desprecia a los pobres? Los pobres, no son pobres porque quieren, como dice el dicho. A muchos políticos no les interesa atacar la pobreza porque de ella sacan provecho cada vez que hay elecciones. Conseguir votos a costa de la pobreza es una buena “política”. Auxilios por allí, subsidios por allá, mantener a los pobres subsidiados con migajas y sin educación es el mejor negocio.
La beneficencia es destructora cuando no promueve al pobre, cuando le crea dependencia y lo acostumbra a recibir la limosna.
Así pues, el pobre interesa sólo como “fuerza política”, el pobre como pobre, sí vale en política. Ya no es el “lumpen”, palabra que utilizó Marx para hablar de los pobres de más bajo nivel. Lumpen en alemán significa “trapo sucio”.
¿Qué hacer entonces? ¿Cómo replantear la cuestión de los subsidios? ¿Qué hacer para que el pobre deje de ser pobre? Naturalmente estos interrogantes pasan de agache en el Gobierno y el Congreso, no les interesa.
Son pocos los que han logrado salir adelante, no todos tuvieron oportunidades de estudio y empleo digno. Es que para salir de esa mísera vida se necesitan ciertas condiciones mínimas de educación, trabajo y alimentación. Quién no quisiera salir de la pobreza.
Creer que hoy es fácil salir de pobre a punta de empeño y pujanza, es desconocer las actuales condiciones socio-económicas del país, que no son las mismas de hace 40 o 50 años, cuando la gente trabajaba honestamente con ahínco y podía conseguir, como mínimo, casa para la familia. Hoy tienen que trabajar como animales al menos dos personas de cada hogar para conseguir algo medio decente.
Un país con tanto desempleo, tanta desigualdad, tanta inequidad, poca productividad y concentración de riqueza en manos de uno pocos ricos, tiene a una gran parte de la sociedad estancada en la trampa de la pobreza.
Aquí conviene preguntarnos: ¿Quiénes son entonces los que quieren todo regalado? Para ello, es necesario agudizar la mirada y hurgar en otras visiones para comprender de la realidad. Basta sólo tres ejemplos de los múltiples que podrían mencionarse: Agro Ingreso Seguro se usó para regalar miles de millones de dinero a terratenientes. La pensión vitalicia a quienes han ocupado el cargo de presidente de la República, es un regalo, un privilegio. La apropiación de miles de hectáreas de tierras baldías por políticos y terratenientes, es otro regalo, cohonestado por los gobernantes de turno. ¿No les parece que los salarios millonarios a los congresistas parasitarios, que son mayoría, es un regalo?
Recordemos que Jesucristo dejó una enseñanza de compasión y de solidaridad con los pobres, no de odio. ¿Por qué Dios escogió a los pobres? (Mateo 25:40). Les dejo este interrogante para la reflexión.
Los pobres no pretenden nada regalado. Ellos quieren lo que es un derecho: educación, salud y un trabajo digno. Los pobres sólo piden condiciones justas y oportunidades dentro de las dinámicas del sistema capitalista, que les permita hacerse a unos mínimos para vivir dignamente.
Unámonos en torno a metas más espirituales y humanas y no a la radicalización de un sistema de depredadores sociales que nos está haciendo odiar. Es hora de pensar de otra manera. ¡Hasta pronto!