Opinión De Mario Benedicto Parra: Era mi amigo – Llegó septiembre, mes de celebración del “Día del amigo” y aunque la fecha tiene ineludibles tintes comerciales, pienso que la amistad es una de los soportes sobre los que se apoya el mundo y sobre la que se construye la vida de las personas.
Hoy quiero compartir con los lectores una preciosa leyenda anónima sobre la amistad:
Un hijo le pregunta a su padre:
– ¿Cuántos amigos tienes?
– Uno solamente, hijo. Uno sólo.
El hijo, asombrado, le dice al padre con vehemencia y cierto desprecio:
– ¿Qué has hecho de tu vida, papá? Con lo mayor que eres, y con lo importante que es la amistad, ¿cómo has conseguido tener sólo un amigo? Yo tengo más de cien.
– ¿Estás seguro de que son amigos, de que son verdaderos amigos?
– Por supuesto, papá, claro que estoy seguro. Nos vemos todos los días. Nos lo decimos constantemente. Además, eso se sabe.
El padre le propone al hijo hacer una prueba que le permita dilucidar cuál es el valor de la amistad de cada uno de esos amigos. Le dice:
– Mira, hijo, vamos a matar un cordero, lo vamos a meter en un saco, de manera que se vea gotear la sangre y te vas a echar el saco al hombro. Vas a llamar a la puerta de la casa de cada uno de tus amigos y les vas a decir que has tenido la debilidad de matar a una persona y que necesitas su ayuda. A ver cómo reaccionan.
Así lo hace el hijo. Con el saco cargado al hombro se dirige a la casa de uno de sus amigos y llama a la puerta. Cuando ésta se abre dice con tono angustioso:
– Mira, he tenido la debilidad de matar a una persona. Aquí traigo el cadáver. Tienes que ayudarme. Tú eres mi amigo.
En lugar de las palabras de consuelo y de las estrategias de ayuda que espera encontrar, escucha estas terribles palabras:
– ¿Un amigo mío asesino? ¿Tú qué te has creído? Has destruido nuestra amistad para siempre. Tú eres indigno de la mía. No te conocía bien. Vete de aquí o llamo a la policía. No quiero volver a verte.
El chico va con su carga a la casa de otro de sus amigos y repite la misma petición. Recibe esta respuesta:
– Lárgate de aquí, asesino. ¿Cómo has podido hacer eso? ¿Cómo has tenido la desvergüenza de llamar a mi casa? ¿No ves que pueden inculparme? Tú eres un mal amigo y un asesino. Fuera de aquí, que nadie te vea a mi lado.
El chico va recorriendo, una tras otra, las casas de sus amigos. En ninguna encuentra ayuda. En ninguna recibe el más mínimo consuelo. Entonces se acuerda de que su padre tenía un amigo y se dirige a su casa con el saco cargado al hombro. Llama a la puerta y, avergonzado, pide la ayuda que le habían negado sus amigos.
– Pasa, le dice el amigo de su padre, pasa rápidamente, que vamos a enterrar el cadáver en mi jardín. Y que tu padre no sepa nada de todo esto.
El hijo comprende entonces lo que su padre le había dicho. Descubre que una cosa es el nombre de amigo y otra cosa la cotidiana demostración de la amistad.
¿No les parece hermosa esta historia? Alguien me dijo un día: “un amigo es un hermano que se elige”. Un amigo siempre está y nunca juzga. El verdadero amigo es quien está en las buenas y las malas, es quien comprende y quien siempre perdona, es el que ve tu lado bueno y tus mejores cosas, te admira sin envidias y se alegra de tus triunfos.
Esto que escribo acerca de la amistad es muy bonito, pero en este mundo existe muy poca gente en quien confiar y que realmente se sienta un amigo, pues por los avatares de la vida resulta muy difícil y complicado mantener auténticas amistades. Produce una enorme tristeza ver en la vida (como si fuera el reflejo de telenovelas de televisión) tantas traiciones a la amistad, tantos engaños, tantas mentiras.
“Era mi amigo” es una frase un tanto incoherente, porque la traición muestra a todas luces que no existía una verdadera y consolidada amistad.
Dijo William Shakespeare que “las palabras son fáciles, como el viento. Los amigos fieles son difíciles de encontrar”. ¡Hasta pronto!