Vivimos en un país en el que ciertos de ciudadanos en lugar de conmemorar los Acuerdos de Paz se dedican atacar y desacreditar su valor histórico. Aunque imperfectos e incompletos, esos Acuerdos permitieron poner a salvo miles de vidas. En lugar de vilipendiarlos, deberían aprovechar para reflexionar sobre las tareas pendientes y lograr avanzar en la construcción de una sociedad pacífica.
Vivimos en un país en el que se tergiversa el marco legal de los Acuerdo de Paz, todo para justificar claras violaciones a la Constitución Política cuando lo que surge es el fortalecimiento de gobiernos autoritarios que hacen creer que la única forma de acabar la violencia es con más violencia.
Vivimos en un país en el que, aunque el principal logro publicitado por los políticos en campaña es la seguridad, muchos de ellos omiten que han requerido hace décadas amplios dispositivos de seguridad para movilizarse en el territorio nacional y, todo ello, por supuesto, financiado con recursos públicos.
Por si fuera poco, vivimos en un país en el que algunos políticos como única respuesta del Estado al problema estructural de la violencia es la represión, una política cuyo margen de error son la vida, la libertad y los derechos de personas inocentes a los que el Estado les está cobrando una factura ajena. Pero esos márgenes de error se minimizan, menosprecian y justifican porque lo importante es mantener la percepción de que los gobiernos pasados han tenido a Colombia segura y con eso asegurar votos.
En el país en el que vivimos el discurso anticorrupción se anuncia por los políticos de derecha y de izquierda con bombo y platillos, pero la corrupción del pasado les sigue atormentando y han tolerado a “la gente de bien” que se ha robado el país e incluso defienden a los exfuncionarios corruptos señalados de corrupción.
Vivimos con propaganda y vocerías de los políticos tradicionales que pintan un país perfecto al que han gobernado por más de 200 años y solo han dejado innumerables problemas -violencia, desplazamiento, masacres, desigualdad, inequidad, desempleo, inseguridad, etc.
Pero a pesar de que ahora vivimos una completa distopía, sigo manteniendo la esperanza de que aún podemos construir utopías. Sigo deseando la posibilidad de vivir en un país pacífico, democrático y desarrollado; un país en el que quienes ejercen la función pública lo hagan con transparencia y probidad, respetando el marco legal, la independencia de poderes y el estado de derecho. Construir la utopía de un país que garantice los derechos humanos de su población y que promueve la gobernabilidad democrática y el estado de derecho es posible, pero lograrlo requiere del compromiso y participación de todos. ¡Hasta Pronto!