Opinión De Mario Benedicto Parra: “Gracias a la vida, que me ha dado tanto”– Estamos asistiendo a un inquietante fenómeno de exacerbación de la violencia. Hijos contra padres, alumnos contra profesores, pacientes contra médicos, ciudadanos contra políticos, campañas políticas llenas de venganza, agentes de tránsito contra ciudadanos, medios de comunicación desinformativos contra el gobierno, etc.
Hay que tener cuidado para identificar con precisión lo que sucede y, sobre todo, hay que analizar las causas de forma tranquila y rigurosa. Una mala determinación lleva de forma inexorable a una solución inadecuada o perjudicial.
Creo en la educación sentimental. Es necesario, por ejemplo, el cultivo del sentimiento de gratitud. Pensar que todo lo que tenemos lo hemos ganado con nuestros propios esfuerzos y que no debemos nada a nadie es un error. Con los demás sólo tenemos exigencias, pero no deberes de respeto y gratitud. De ahí tantas agresiones y no creo que la violencia sea la mejor solución.
Hay que aceptar que se está perdiendo la costumbre de expresar la gratitud. Se nos olvida decir “gracias” después de recibir un favor, un regalo o una simple respuesta. La gratitud es una actitud nacida de la humildad y de la sinceridad más auténtica. Nace del buen corazón. Las personas inteligentes suelen ser más agradecidas. “Gracias a la vida, que me ha dado tanto”, cantaba con voz hermosa Violeta Parra. Y hace una relación de motivos para la gratitud: las palabras, el corazón. “Gracias a la vida” es una reflexión sobre todo lo que no se puede comprar: La humildad, la sencillez, los detalles, la naturaleza, el amor.
Creo que la satisfacción en esta vida no depende de lo que se tiene sino del valor que se le da a eso que se tiene. Por eso hay personas que tienen muchas cosas y se sienten desgraciadas. La felicidad se basa en reconocer el valor de lo que la vida nos ofrece. Por eso la gratitud es posible cuando estamos en la desgracia. A veces, son los dramas de la vida lo que nos hace sentir gratitud. Cuando estamos enfermos, apreciamos más la salud; cuando vivimos un conflicto, damos más valor a la tranquilidad; cuando estamos solos, consideramos más valiosa la amistad.
La ingratitud es detestable porque no tiene memoria, porque no reconoce ni ejercita la generosidad. La generosidad es una fortaleza humana. Más grave aún es la respuesta destructiva ante la generosidad manifiesta de los otros. Es triste ver cómo personas que han sido beneficiadas por otros les pagan las ayudas con agresiones, son personas interesadas e incluso, responden con insultos gratuitos.
Hay un dicho que dice sabiamente: “No tires piedras al pozo en el que has bebido” y también dice una máxima hebrea: “El que da nunca debe acordarse, el que recibe nunca debe olvidar”.
Yo agrego estas palabras: “La generosidad nos hace felices”.
¡Hasta pronto!