Opinión De Mario Benedicto Parra: El derrumbe de la inteligencia, ni el insulto se salva – Hace dos décadas muchos servidores públicos, frente a la orfandad de ideas, han adoptado como normal el lenguaje del insulto vulgar, la ira y el odio como discurso político, movidos, tal vez, por afán de protagonismo. No argumentan el fondo de los temas por centrarse atacar en lo personal.
Resulta impropio de un político ese tipo de actitudes porque es una falta de respeto a los demás. La violencia verbal y la agresividad contra el que no comparte las propias ideas no les confiere mejor ni mayor razón, ni aporta a un debate sano y útil. Vemos habitualmente cómo en las escasas intervenciones de muchos congresistas, diputados y concejales emplean bastantes más insultos que argumentos.
El insulto es insulto cuando se emite con la intención expresa de lastimar u ofender, no obstante, insultar con inteligencia es un insulto con gracia y estriba en la manera como se aborda un tema.
Platón y Diógenes se insultaban en el Foro y era un insulto civilizado repleto de frases célebres que contenían antología. Francisco de Quevedo y Camilo José Cela fueron maestros del insulto con gracia y buen humor. El maestro del insulto en Colombia fue José María Vargas Vila, según Jorge Luis Borges.
Pero entonces la inteligencia fue paulatinamente despareciendo del insulto, degeneró en hacer un simple calificativo sobre el adversario y adquirió nuevos significados. Tratar a otro diciéndole “sicario, sicario, sicario” es una total aniquilación de la razón, un retroceso a los tiempos anteriores de los cavernícolas.
La nueva manera de insultar se ha convertido en una pandemia, se ha desplazado el esfuerzo por construir razonamientos, por dilucidar argumentos. Se ha llegado a extremos tales, que ya hay reflexiones en el sentido de que la procacidad del insulto lleva a pensar que quien insulta realmente se autorretrata.
Miremos nada más en lo que sen convertido las desavenencias en las redes sociales. Todos los bandos exhiben insultos y descalificaciones; basta que el otro diga algo que no encaje en su manera de ver las cosas, para someterlo a andanada de improperios ausentes de toda reflexión y gracia.
Me despido con este insulto “reflexivo y civilizado” de Umberto Eco cuando decía sobre las redes sociales que, la internet “le ha dado derecho de palabra a legiones de imbéciles”.
¡Hasta pronto!