OCHOS DÍAS EN CAMPOALEGRE POR UN ARGENTINO

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Al dejar Campoalegre ratifiqué algo que siempre intuí, un país se parece más a un pequeño poblado que a una gran urbe. Bogotá es en su extensión una ciudad hermosa, pero no es Colombia, o al menos no se encuentra la esencia colombiana allí. Como Buenos Aires no es Argentina, o Nueva York no es Estados Unidos. Las grandes urbes son un mestizaje histérico y caótico de distintos acentos, culturas, costumbres y hábitos cotidianos. El anonimato siempre es enemigo de la intimidad y la calidez.

Muchos son los preconceptos que caen al suelo cuando uno conoce un país. Antes de llegar a Colombia espera encontrarme con un pueblo hostil, o al menos hostil para con un argentino. En Argentina nos hacen creer que a los argentinos nos odian en todo el mundo, que nos ven como mala gente, como ventajeros y timadores. Nada más lejos de cómo me hicieron sentir, me recibieron como un colombiano más y hasta podría decir que aún mejor. Esperaba encontrarme con un pueblo triste,castigado y resignado; y por el contrario encontré un pueblo alegre, con conciencia de que las cosas pueden y deben cambiar.

Estoy convencido que Campoalegre es la sinécdoque perfecta del pueblo colombiano. Un pueblo que amanece temprano y se acuesta tarde, un pueblo de una calidez que a veces te hace sentir que te estás aprovechando de su hospitalidad, un ritmo de vida que mezcla el acelere del comercio y al mismo tiempo la paz rural, una horizontalidad entre las distintas clases sociales que me hace replantear teorías político económicas que durante años sentí como verdades irrefutables. Estuve una semana (o como dicen en Colombia 8 días) en este pueblo, pensábamos quedarnos solo dos días, pero tuvimos que “inventarnos” una excusa periodística para seguir disfrutando de su color y su gente. Estoy seguro que me faltó conocer muchas cosas, pero sé que le vi el alma a este pueblo hermoso.

Tratamos de camuflarnos entre la gente, como si fuéramos uno más, nos levantábamos temprano para ir a desayunar a la galería, visitábamos los cultivos dorados de arroz, tomábamos sus batidos de fruta, comíamos sus arepas de queso y su arroz con leche en hoja de plátano, andábamos en moto por sus calles, saludábamos a todos como si fuesen vecinos, tomábamos “pola“ frente a su plaza, reíamos con sus historias internas y hacíamos propias sus luchas. Pasar inadvertido fue imposible, qué suerte que así fue. Gente que no conocía me gritaba “Chau argentino boludo!” y al mismo tiempo me hacían sentir aceptado y reconocido.

Con Victoria tuvimos la suerte de conocer gente increíble, gente que apenas dejamos el pueblo comenzamos a extrañar como si fueran amigos de toda la vida. Nos recibieron Juan Guillermo, Yuly y Ana Sofía en su casa, nos trataron como reyes y al mismo tiempo como familia. Nos ayudaban con absolutamente todo, difícilmente encuentre en mi vida una familia tan cariñosa y anfitriona como ellos tres. El doctor Esaín fue otro actor fundamental, como un hermano mayor (así lo veía y escuchaba yo) nos hacía reír con sus frases poco cordiales y siempre afiladas, nos enseñaba con su abrumadora sabiduría elevada y cercana al mismo tiempo (extraña variedad de erudición), y nos cuidaba celosamente y consentía como un hermano mayor. Jorge Eider Carvajal “Kuky” (porque allí todos tienen un apodo) fue como un tío, esos tíos que te enseñas y te muestran lo que tus padres no hacen, que su vida está llena de hazañas narradas con la humildad de los héroes anónimos, que te hacen caminar el pueblo con la intimidad de un pueblerino pero con las observaciones de un antropólogo. Nunca voy a olvidar la sonrisa de Kuky cuando le confesamos nuestra intención de estar más días allí, nunca voy a olvidar mi charla con él sobre política e historia colombiana en un cultivo de arroz, y menos olvidaré sus boleros en plena noche Campoalegruna. Nos puedo dejar de mencionar a Yuca, Antonio, Doña Senovia, Don Roberto, Rodrigo, Germán, Niní, Carmenza y todos los Campoalegrunos que cruzamos y nos ayudaron tanto en apenas una semana. Gracias a ellos Campoalegre fue nuestro hogar esos días.

Prever las vueltas de la vida, o proyectar a largo plazo siempre es una ciencia inexacta y esquiva pero si estoy seguro que a Campoalegre voy a volver, porque en Colombia Campoalegre es mi hogar y mis amigos sé que estarán ahí esperándome con un doble anís.