Opinión De Mario Benedicto Parra: Aprende a pensar y no a repetir – Ernest Rutherford, presidente de la Sociedad Real Británica, comentaba que había recibido la llamada de un colega que había desaprobado a un estudiante por la respuesta que había dado en un problema de física, pese a que este afirmaba rotundamente que su respuesta era absolutamente acertada. Profesores y estudiantes acordaron pedir arbitraje de alguien imparcial y eligieron a Rutherford.
La pregunta del examen era: ‘Demuestre cómo es posible determinar la altura de un edificio con la ayuda de un barómetro”.
El estudiante había respondido: ‘llevo el barómetro a la azotea del edificio y le ato una cuerda muy larga. La descuelgo hasta la base del edificio, marco y mido. La longitud de la cuerda es igual a la longitud del edificio”.
Realmente, el estudiante había planteado un serio problema con la resolución del ejercicio, porque había respondido a la pregunta correcta y completamente, pero la respuesta no confirmaba que el estudiante tuviera el conocimiento suficiente para ser aprobado, lo que originó su desaprobación.
Rutherford, sugirió que se le diera al alumno otra oportunidad y parar ello, le concedió seis minutos.
Requerido por la mesa examinadora si conocía otras respuestas a la dada con anterioridad para medir la altura del edificio, el alumno contestó que tenía muchas respuestas al problema, por ejemplo, “tomas el barómetro en un día soleado y mides la altura del barómetro y la longitud de su sombra. Si medimos a continuación la longitud de la sombra del edificio y aplicamos una simple proporción, obtendremos también la altura del edificio”. Otra forma sería “tomar el barómetro y te sitúas en las escaleras del edificio en la planta baja. Según subes las escaleras, vas marcando la altura del barómetro y cuentas el número de marcas hasta la azotea. Multiplicas al final la altura del barómetro por el número de marcas que has hecho y ya tienes la altura”.
En este punto, Rutherford les preguntó a sus colegas si el estudiante se podía retirar, a lo contestaron afirmativamente y le dieron la nota más alta.
Tras abandonar el despacho, Rutherford se reencontró con el estudiante y le pidió que le contara sus otras respuestas a la pregunta. Bueno y respondió hay muchas: “puede atar el barómetro a una cuerda y moverlo como si fuera un péndulo. Si calculamos que cuando el barómetro está a la altura de la azotea la gravedad es cero y si tenemos en cuenta la medida de la aceleración de la gravedad al descender el barómetro en trayectoria circular al pasar por la perpendicular del edificio, de la diferencia de estos valores, y aplicando una sencilla fórmula trigonométrica, podríamos calcular, sin duda, la altura del edificio”.
En este mismo estilo de sistema, “atas el barómetro a una cuerda y lo descuelgas desde la azotea a la calle. Usándolo como un péndulo puedes calcular la altura midiendo su periodo de precisión”.
Si quieres una solución más sofisticada “coja el barómetro y láncelo al suelo desde la azotea del edificio, calcule el tiempo de caída con un cronómetro. Después aplique la formula h=1/2 at2. Y así obtenemos la altura del edificio”.
En este momento de la conversación, Rutherford le preguntó si no conocía la respuesta convencional al problema (la diferencia de presión marcada por un barómetro en dos lugares diferentes nos proporciona la diferencia de altura entre ambos lugares), dijo que la conocía, pero que, durante sus estudios, sus profesores habían intentado enseñarle a pensar.
El estudiante se llamaba Niels Bohr, físico danés, premio Nobel de Física en 1922, más conocido por ser el primero en proponer el modelo de átomo con protones y neutrones y los electrones que lo rodeaban. Fue fundamentalmente un innovador de la teoría cuántica.
Espero les haya gustado esta hermosa anécdota. Por cierto, para algunos incrédulos, esta historia es absolutamente verídica.
Hay que propiciar que el estudiante piense, indague y cuestione. No basta con repetir y repetir. Repetir lo que se espera y se exige, sin inducir a pensar, a cuestionar, a indagar hace mucho daño.
Llama la atención cómo el profesor artífice de la anécdota se preocupó de indagar el pensamiento de su alumno. Este docente no se conformó con tener en cuenta la primera respuesta al examen. Pretendió conocer qué otra u otras opciones había considerado el estudiante de física, qué argumentos le habían llevado a responder con esa primera opción y qué otros pilares subyacían a su formación en física, así como de sus razonamientos.
La rigidez evaluativa y, en consecuencia, también educativa en la que todavía nos movemos es dañina porque crea una especie de robots que repiten evidenciando la ausencia de creatividad en los procesos educativos. ¡Hasta pronto!