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Opinión De Mario Benedicto Parra: Carta de un rector de colegio

Opinión De Mario Benedicto Parra: Carta de un rector de colegio En redes sociales ha circulado una carta de un rector de un colegio de España en la que invita a los padres de familia a reflexionar sobre las calificaciones de los exámenes de sus hijos.

Amalio Gutiérrez Álvarez, el rector, escribió: “Si su hijo o hija saca buenas notas, ¡genial! Pero si no lo hace… Por favor, no le quite ni la dignidad ni la confianza en sí mismo”. “Dígale que las notas que obtenga no son tan importantes… Dígale que lo ama y que no lo juzgará”. También señaló, que cada estudiante tiene gustos y sueños diferentes, por lo que, por ejemplo, quien quiere ser artista no se interesará en las matemáticas, lo cual debe ser comprendido. Finalmente expresó: “Lo importante en la vida no es que una persona sea perfecta en todos los sentidos, sino que realmente se apasione en aquello que verdaderamente le llene”.

Vivimos en una época en la que todo es competitividad, se compite por un empleo, en el deporte, en el comercio, en la educación. Recuerdo aquel cuento viejo del mejor almacén. “El mejor almacén del pueblo”, puso el dueño en un aviso. “El mejor almacén del departamento”, escribió el segundo. “El mejor de almacén de la cuadra”, tituló un tercero aprovechando que todos estaban ubicados en la misma calle.

Creo que eso mismo sucede con las notas escolares, ser mejor que el otro, el primero de la clase, sin tener en cuenta que, aunque no sea el primero, se ha esforzado al máximo o es una persona trabajadora e inteligente; que así no sea el primero en matemáticas, inglés o historia, es bueno pensando, pintando, escribiendo, interpretando instrumentos musicales, relacionándose o ayudando a los demás.

Comparto un grandioso relato titulado Virtudes Choique del escritor y pedagogo argentino Carlos Joaquín Durán, muy apropiado al tema:

Había una vez una escuela en medio de las montañas que tenía una sola maestra, que hacía sonar la campana y también hacía la limpieza, se llamaba Virtudes Choique y vivía en la escuela. Los chicos no se perdían un solo día de clase.

Un día, uno de sus alumnos, Apolinario Sosa, llegó a su rancho con una nota de la maestra en la que les informaba a sus padres que su hijo era el mejor alumno de la clase. Los padres de Apolinario abrazaron al hijo, porque si la maestra había escrito aquello, ellos se sentían bendecidos por Dios. Sin embargo, al día siguiente, otra chica llevó a su casa algo parecido. Esta chica se llamaba Juanita Chuspas, y voló con su mula al rancho para mostrar lo que había escrito la maestra: “Señores padres: les informo que su hija Juanita es la mejor alumna”. Y acá no iba a terminar la cosa. Al otro día, Melchorcito Guare llegó a su rancho chillando como loco de alegría: –¡Mire, mamita…! La maestra me ha puesto una felicitación: “Señores padres: les informo que su hijo Melchor es el mejor alumno”. Así los 56 alumnos de la escuela llevaron a sus ranchos una nota que aseguraba: “Su hijo es el mejor alumno”.

El boticario, Don Pantaleón Minoguye, apenas se enteró de que su hijo era el mejor alumno, dijo: –Vamos a hacer una fiesta con asado y con baile. El boticario escribió una carta a la señorita Virtudes. La carta decía: Mi estimadísima, distinguidísima y hermosísima maestra: El sábado que viene voy a dar un asado en honor de mi hijo. Usted es la primera invitada. Le pido que avise a los demás alumnos, para que vengan al asado con sus padres. Muchas gracias. Beso sus pies, Pantaleón Minoguye; boticario.

Ese sábado todo el mundo bajó hasta la casa del boticario, que estaba de lo más adornada. Don Pantaleón dio unas palmadas y pidió silencio. Tomó un banquito, lo puso en medio del patio y se subió, sacando un papelito leyó el siguiente discurso: Señoras, señores, vecinos, niños. ¡Queridos convidados! Los he reunido a comer el asado aquí presente, para festejar una noticia que me llena de orgullo. Mi hijo, mi muchachito, acaba de ser nombrado por la maestra, Doña Virtudes Choique, el mejor alumno. Por eso, señoras y señores, los invito a levantar el vaso y brindar por este hijo que ha honrado a su padre, a su apellido y a su país. He dicho. Contra lo esperado, nadie levantó el vaso. Nadie aplaudió. Nadie dijo ni mu. Al revés. Padres y madres empezaron a mirarse unos a otros, bastante serios. Ahí nomás se adelantó colorado de rabia el padre de Juanita Chuspas, para retrucar: ¡Qué están diciendo, pues! Acá la única mejorcita de todos es la Juana, mi muchachita. Pero ya empezaban los gritos de los demás, porque cada cual desmentía al otro diciendo que no, que el mejor alumno era su hijo. Y que se dejaran de andar diciendo mentiras. A punto de que Don Sixto Pillén agarrara de las trenzas a Doña Dominga Llanos, y todo se fuera para el lado del demonio, cuando pudo oírse la voz firme de la señorita Virtudes Choique. ¡Párense…! ¡Cuidado con lo que están por hacer…! ¡Esto es una fiesta! La gente bajó las manos y se quedó quieta. Todos miraban fiero a la maestra. Por fin, uno dijo: Maestra: usted ha dicho mentira. Usted ha dicho a todos lo mismo. Entonces sucedió algo notable. Virtudes Choique empezó a reírse loca de contenta. Por fin, dijo: Bueno. Ya veo que ni acá puedo dejar de enseñar.

Escuchen bien, y abran las orejas. Pero abran también el corazón. Porque si no entienden, adiós fiesta. Yo seré la primera en marcharme. Todos fueron tomando asiento. Entonces la señorita habló así: Yo no he mentido. He dicho verdad. Verdad que pocos ven, y por eso no creen. Voy a darles ejemplo de que digo verdad: Cuando digo que Melchor Guare es el mejor no miento. Melchorcito no sabrá las tablas de multiplicar, pero es el mejor arquero de la escuela, cuando jugamos al fútbol… Cuando digo que Juanita Chuspas es la mejor, no miento. Porque si bien anda floja en Historia, es la más cariñosa de todas… Y cuando digo que Apolinario Sosa es mi mejor alumno, tampoco miento. Y Dios es testigo que, aunque es desprolijo, es el más dispuesto para ayudar en lo que sea… Tampoco miento cuando digo que aquel es el mejor en matemáticas… pero me callo si no es servicial. Y aquel otro, es el más prolijo. Pero me callo si le cuesta prestar algún útil a sus compañeros. Y aquella otra es peleadora, pero escribe unas poesías preciosas. Y aquel, que es poco hábil jugando a la pelota, es mi mejor alumno en dibujo. Y aquella es mi peor alumna en ortografía, pero es la mejor de todos a la hora de trabajo manual.

¿Debo seguir explicando? ¿Acaso no entendieron? Soy la maestra y debo construir el mundo con estos chicos. Pues entonces, ¿con qué levantaré la patria? ¿Con lo mejor o con lo peor? Todos habían ido bajando la mirada. Los padres estaban más bien serios. Los hijos sonreían contentos. Poco a poco, cada cual fue buscando a su chico. Y lo miró con ojos nuevos. Porque siempre habían visto principalmente los defectos, y ahora empezaban a sospechar que cada defecto tiene una virtud que le hace contrapeso. Y que es cuestión de subrayar, estimular y premiar lo mejor. Porque con eso se construye mejor. Cuenta la historia que el boticario rompió el largo silencio y dijo: ¡A comer…! La carne ya está a punto, y el festejo hay que multiplicarlo por 56. Comieron más felices que nunca. Brindaron. Jugaron a la taba. Al truco. A la escoba de quince. Y bailaron hasta las cuatro de la tarde.

¿Cuándo dejaremos de clasificar a las personas por la medición de conocimientos sin tener en cuenta sus verdaderas capacidades? Si no empezamos a fomentar y evaluar otras capacidades y sólo las cognitivas, seguiremos causando un gran daño. La reflexión y el debate están abiertos. ¡Hasta pronto!

 

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