Opinión De Mario Benedicto Parra: El grito de la muerte – Es abominable la imagen de la rodilla del policía de Minneapolis Dereck Chauvin sobre el cuello del ciudadano de raza negra George Floyd, que clamaba repetidamente, “no puedo respirar”.
Paradójicamente a Floyd no le arrebató la vida el virus que todos conocemos, lo asesinó un miserable oficial que lo inmovilizó, lo esposó, lo tiró contra el pavimento y lo ejecutó con la rodilla en un acto doloso de abuso de autoridad y de racismo en el que participaron tres de sus cómplices, igualmente policiales.
A Floyd lo mató el color de su piel, la arrogancia de los oficiales y la sospecha. La versión que se conoce es que un negro entró a una tienda a comprar con un billete falso, el tendero llama a la policía y cuando esta llega, casualmente Floyd estaba en un vehículo estacionado frente a esa tienda. Allí empezó el calvario de Floyd hasta terminar gritando su propia muerte.
Horas después, interrogado el tendero, dice que Floyd no era el del billete falso y describe a un negro de estatura media y delgado que al percatarse de la llamada desapareció y termina diciendo que la policía se equivocó porque en ese momento a él no lo tuvieron en cuenta, nada le preguntaron.
Esto ocurre en el país más desarrollado del planeta, el país que se precia de tener una democracia ejemplar, comprometido a borrar las máculas de odio y de discriminación entre su gente, pero que no han podido superar porque la realidad nos lleva a constatar que todavía existen quienes no quieren desconectarse del pasado.
El antagonismo racial ha subsistido en Estados Unidos por más de 4 siglos, recapitulemos:
Primero, la esclavitud duró 246 años, desde 1619 a 1865; fue abolida por el presidente Abraham Lincoln en 1863, pero puesta en práctica a partir de 1865.
Segundo, la promulgación de los Códigos Negros. Estos cuerpos normativos estuvieron vigentes durante 40 años, estaban destinados a poner límites a los derechos ciudadanos de la población de raza negra y sirvieron en la práctica como método para legalizar la discriminación racial y, sobre todo, la segregación practicada por las autoridades de raza blanca (1865-1905).
Tercero, el apartheid legal, en virtud de una decisión del Tribunal Supremo que estableció el principio legal de “blancos y negros separados pero iguales” que duró 95 años, aunque posteriormente, otro fallo del Tribunal Supremo revocó ese principio por considerarlo propiamente desigual. Durante el apartheid legal, una mujer negra, Rosa Parks, no cedió su asiento a un blanco en el autobús, en consecuencia, fue multada y llevada al calabozo, lo que desató un movimiento sin precedentes. Resaltemos que en ese tiempo, obligaban a los afroamericanos a tener que ceder su asiento a cualquier hombre blanco.
Todo este andamiaje social, político y legal se generó a partir de la ideología racista y de hegemonía blanca; los estadounidenses saben bien que esta historia y esta herencia constituyen una violación abismal de los derechos humanos, sin embargo, no han querido combatirlas.
Considero que el máximo objetivo que pueden tener los seres humanos es aprender a amarse unos a otros, buscar la justicia social, económica y política para todos, aprender a desarrollarse y convivir en paz. Si podemos desarrollar y movilizar la voluntad política necesaria, acabaremos con esa maldita enfermedad asesina del racismo, más dañina que el coronavirus.
Siento vergüenza ajena por tener que presenciar cómo el hombre del siglo XXI involuciona hasta regresar a sus ancestros primates. Decía Nelson Mandela: “Detesto el racismo, porque lo veo como algo barbárico, ya venga de un hombre negro o un hombre blanco”.
Espero algún día no tan lejano, leer un titular de prensa que diga: “Fin del racismo”. Y así, al borrarse todo vestigio de racismo, poder mirarnos los unos a los otros, no como especímenes raros, sino como hermanos, como hijos de un mismo padre, el padre celestial. ¡Hasta pronto!