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Opinión De Mario Benedicto Parra: La opresión de las mujeres (parte 1)

Opinión De Mario Benedicto Parra: La opresión de las mujeres (parte 1)– El 25 de noviembre se conmemoró el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres. Me he tomado el trabajo en estos días de escribir sobre el tema relacionándolo con las religiones.

Que las mujeres gozan de memos derechos que los varones en todos los rincones del mundo no es ninguna novedad. Y cuándo va a cambiar ostensiblemente eso, más allá de los grandes, pero aún insuficientes esfuerzos al respecto que ya han comenzado a hacerse al respecto, no lo sabemos.

Lo que sí está claro es que las religiones -todas- no juegan un papel precisamente progresista en ese cambio: más que ayudar a la igualación de las relaciones entre géneros, promueven el mantenimiento de las odiosas diferencias.

Amparados en la pseudo explicación de ancestrales motivos culturales, podemos entender -jamás justificar- el patriarcado, los arreglos matrimoniales hechos por los varones a espaldas de las mujeres, el papel sumiso por éstas en la historia, el harem, la ablación clitoriana, la desigualdad laboral; la violencia física, psicológica, sexual, digital, institucional y el feminicidio, podemos entender que una comadrona en las comunidades rurales de Latinoamérica cobre más por atender el nacimiento de un niño que el de una niña, o podemos entender la lógica que lleva a la lapidación de una mujer adúltera en el África.

En estas líneas, entonces, podríamos decir que las religiones ancestrales son la justificación ideológico-cultural de este estado de cosas; las religiones en tanto cosmovisiones (filosofía, ciencia, código de ética, manual para la vida práctica) han venido bendiciendo las diferencias de género, por su puesto siempre a favor de los varones. ¿Por qué los poderes, al menos hasta ahora, han sido siempre misóginos? Esto, secundariamente, demuestra que todas las religiones son absolutamente machistas, nunca progresistas.

Quizá en un arrebato de modernidad podríamos llegar a estar tentados de decir que las religiones más antiguas, o lo albores de las actuales grandes religiones monoteístas, son explícitas en su expresión abiertamente patriarcal, consecuencia de sociedades mucho más atrasadas, sociedades donde hoy ya se comienza a establecer la agenda de los derechos humanos, incluidos los de las mujeres, sociedades que van dejando atrás la nebulosa del subdesarrollo. Así, no nos sorprende que dos milenios y medio atrás, Confucio, el gran pensador chino, pudiera decir que la mujer es lo más corruptor y lo más corruptible que hay en el mundo, o que el fundador del budismo, Siddhartha Gautama, expresara que la mujer es mala. Cada vez que se le presente la ocasión, toda mujer pecará.

Tampoco nos sorprende hoy, en una serena lectura historiográfica de las Sagradas Escrituras que en Eclesiastés 7:26-28, pueda encontrarse que El hombre que agrada a Dios debe escapar de la mujer, pero el pecador en ella habrá de enredarse, o en el mismo libro, “Mientras yo, tranquilo, buscaba sin encontrar, encontré a un hombre justo entre mil, más no encontré una sola mujer justa entre todas”. O que el Génesis enseñe a la mujer que parirás tus hijos con dolor. Tu deseo será el de tu marido y él tendrá autoridad sobre ti, o en Primera de Timoteo 2:11-14 nos diga que la mujer debe aprender estar en calma y en plena sumisión. “No permito a una mujer enseñar o tener autoridad sobre un hombre; debe estar en silencio”.

Siempre en la línea de intentar concebir la historia como un continuo desarrollarse, y al proceso civilizatorio como una búsqueda perpetua de mayor racionalidad en las relaciones interhumanas, podría entenderse que cosmovisiones religiosas antiguas como las que aún mantienen los ortodoxos judíos repitan en oraciones que se remontan a lejanísimas antigüedades: Bendito seas Dios, Rey del Universo, porque tú no me has hecho mujer, o el hombre puede vender a su hija, pero la mujer no; el hombre puede desposar a su hija, pero la mujer no.

Igualmente, desde un prejuicio descalificante puede decirse que la dominación masculina queda consagrada en religiones que, al menos en Occidente, son vistas como fanáticas, fundamentalistas, primitivas. El sufrimiento y ellas son buenos amigos. En el amor desea ser conquistada; para ella amar es darse por completo y entregarse a alguien que la ha elegido. En ese sentido, en esa lógica de discriminación cultural, puede afirmarse que los musulmanes ya en su libro sagrado tienen establecido el patriarcado, lo cual podría ratificarse leyendo el verso 38 del capítulo las mujeres del Corán, que textualmente dice: “Los hombres son superiores a las mujeres, a causa de las cualidades por medio de las cuales Alá ha elevado a éstos por encima de aquéllas, y porque los hombres emplean sus bienes en dotar a las mujeres. Las mujeres virtuosas son obedientes y sumisas: conservan cuidadosamente, durante la ausencia de sus maridos, lo que Alá ha ordenado que se conserve intacto. Reprenderéis a aquellas cuya desobediencia temáis; las relegaréis en lechos aparte; las azotaréis, pero, tan pronto como ellas os obedezcan, no les busquéis camorra. Dios es elevado y grande”.

¡Hasta pronto!

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