Opinión De Mario Benedicto Parra: ¡Qué ironía! – Colombia ha sido convertida durante décadas en sangre, fuego y odio; en la nación en la que los vivos cuentan por rosarios los muertos, las hecatombes, las desgracias y el caos, como si fueran trofeos de una vendimia apocalíptica, ausente de lágrimas, dolor y compasión, porque solo prevalece el interés compuesto sobre la sangre derramada.
¿Le encanta la guerra a Colombia? ¿Por qué las cascadas de sangre deslumbran a los colombianos? ¿Es la tragedia el encanto de un país, que ni los muertos en combate, llora?
Dónde está la conciencia en Colombia, si desde los palacios y directorios se engendró la guerra: “Porque si a mí no me matan mis vaquitas, mis marranitos y mis gallinas, no habría habido guerra”, decía Tirofijo. Fue el litigio amañado en la dantesca era de los Chulavitas, que unos, otro, un general y un pueblo inconsciente, procrearon la más descarnada y fratricida de todas las guerras de América, de la que no nos arrepentimos y por el contrario usamos para los fines de expansión del poder; el poder de las tierras y la soberbia.
Debemos aprender a entender que la historia que hemos vivido en este país, nos tiene que lanzar a construir una nueva manera de ver y hacer las cosas. Muchos de nosotros estamos quizás encapsulados en la simple observación de una propuesta de paz total que no ha concretado aún el gobierno con ningún grupo al margen de la ley (guerrillas, paramilitares y bandas criminales urbanas), pero cuando se mira con detenimiento la buena intención del gobierno, a veces se nos olvida que entre 1812 y 1886, Colombia sufrió nueve guerras civiles nacionales; además de otras 14 consideradas por los expertos de menor valía y que se desarrollaron en las regiones, más las otras revueltas y conflictos internos. No recordamos, por ejemplo, las guerras entre centralistas y federalistas (1812-1815); la Guerra de Los Supremos (1839-1841); las guerras civiles de 1851, 1854; 1860 a 1862; 1876 a 1877; 1884 a 1885; 1895; y la Guerra de Mil Días (1899-1902). No recordamos un conflicto interno que ha perdura por 60 años, provocando miseria y desplazamiento. Y cuando olvidamos esta trágica historia, lo más probable es que estemos equivocados cuando hacemos valoraciones de guerra y paz.
Hoy la paz pareciera ser una fantasía, pero aún en las mentes enfermas de quienes deliran por los arcos iris de sangre y dolor y por verla ¡qué ironía!, sumida en el más incomprensible apocalipsis: que Colombia sea el único país del mundo en el que se le hace la guerra a la paz.
Me atrevo a decir que la pobreza de este país, no está en el capital, no está en la falta de riqueza del subsuelo ni en el bajo potencial económico, por el contrario, de todo esto hay, y de sobra. Estoy convencido de que nuestra pobreza es de pensamiento, nuestra pobreza es de riesgo; nuestra pobreza es de no añorar posibilidades para los otros.
¡Hasta pronto!