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Opinion

Opinión De Mario Benedicto Parra: Somos un pueblo violento

Opinión De Mario Benedicto Parra: Somos un pueblo violento En el repertorio histórico de Colombia como República, hay muchos acontecimientos que han marcado nuestro trasegar, entre los cuales me atrevo a destacar los siguientes:

1. 20 de julio de 1810, cuando se inicia el largo proceso de Independencia.

2. 7 de agosto de 1819, fecha de la victoria militar en el Puente de Boyacá, ratificada el 12 de febrero de 1820, cuando se derrotó definitivamente el ejército español en Chorros Blancos.

3. 9 de abril de 1948, fecha del asesinato del líder liberal Jorge Eliecer Gaitán y surgimiento del movimiento popular.

4. 10 de mayo de 1957, caída de la dictadura militar, acompaña del plebiscito del 1 de diciembre de 1957, donde se le reconoce ciudadanía a la mujer colombiana.

Cada Una de estas fechas parte en dos la historia de un país que, a partir de la independencia no buscada en sus inicios, se sumergió en la confusión de los debates y las luchas por el tipo de modelo de organización política a implementar, a la luz de las figuras del centralismo y del federalismo. La postura excluyente de la Constitución de 1886, llevó a que movimientos que enarbolaran ideas diferentes a las defendidas por los partidos constitucionalmente establecidos y reconocidos, el liberal y el conservador, fueran estigmatizados y perseguidos, produciendo los conflictos propios de la violencia partidista y posteriormente, de la aparición de la guerrilla como enemigo del Estado.

En Colombia hemos empleado la promulgación de Constituciones nuevas, como figura de reconciliación, donde por un período de tiempo se aplacan los ánimos sin resolver los problemas que originaron los conflictos previos, para luego integrase a un ciclo histórico nefasto que, como rueda gigante, nos ha traído hasta nuestra realidad actual. Un poco más de 70 conflicto armados en 224 años de historia republicana, nos muestran como un pueblo violento y proclive a vivir en medio del desacuerdo y del conflicto.

Un país tradicionalmente fragmentado, dividido, polarizado, donde la inclusión y la integración territorial, social y política, ha sido hasta la fecha, una quimera, problemática mayormente alimentada por intereses particulares, que en nada tienen en cuenta los altos intereses de la nación.

Si no desarmamos los espíritus y hacemos un gran esfuerzo patriótico, si no comprometemos nuestras voluntades, nuestros esfuerzos y nuestros recursos por construir un país nuevo que muchas veces ni nos atrevemos a imaginar, y mucho menos a soñar, no tendremos derecho a presentarnos como generación civilizada ante los ojos de Dios, ni ante la mirada de la comunidad internacional.

¡Hasta pronto!

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