María Urrutia hace parte de Afromupaz, un colectivo de mujeres desplazadas, que aún extrañan su Chocó querido, pero que están empezando una nueva vida en Bogotá. Como a muchos otros líderes sociales su causa la llevó a ser amenazada por los paramilitares que operaban en su zona, temió por su vida y la de sus hijos y al final, tuvo que irse.
Dice María que “se dio el permiso de no ser una víctima, sino de ser una sobreviviente y que no admite que nadie la –sobaje- que nadie le diga pobrecita. Nosotras no somos pobrecitas, todos los días nos levantamos a buscar nuevas oportunidades, y si el día no es hoy pues será mañana”. Y así, con la fortaleza a flor de piel es que enfrenta a la dura capital del país.
Ella y su familia han encontrado en la moda un espacio para comunicarse, para enviar un mensaje y alrededor del cual congregar a las demás familias que tuvieron que dejar sus hogares atrás. La sala de su casa se ha convertido en un espacio clave para este proyecto productivo, pues allí se reúnen a coser y también a hacer los desfiles de modas. La recursividad es clave para estas mujeres.

La industria de la confección nacional lleva en su ADN la “inclusión”. Es de los pocos sectores económicos donde todas las personas tienen un lugar, independientemente de la edad, la preparación económica o el lugar de donde venga. De acuerdo con Yansen Estupiñan, vocero de los confeccionistas reunidos en el GranSan casi el 90% de los trabajadores de la confección son madres cabeza de familia.
“La mayoría de nuestras empresas tiene madres cabeza de familia, tienen familia desplazadas, familias sobrevivientes del conflicto armado y muchas otras personas de que una y otra forma las hemos podido vincular” y esta es la mayor satisfacción, poder abrir espacios para que estas familias se empoderen y puedan sobrevivir de la mejor manera posible el desplazamiento.