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Opinion

Editorial: Huila bajo el agua… y bajo la misma improvisación de siempre

Editorial: Huila bajo el agua… y bajo la misma improvisación de siempre – En el Huila la temporada invernal ya no sorprende. Lo que sorprende y duele es que cada año se repite el mismo libreto: derrumbes en las vías, municipios con pasos restringidos, veredas incomunicadas, pérdidas agrícolas, escuelas sin acceso y comunidades enteras que quedan a merced del barro, la lluvia y la espera.

Y como si el aislamiento no fuera suficiente, se suma un golpe igual de grave: el desabastecimiento de agua potable. Paradójico. En una temporada marcada por lluvias intensas, la gente termina sin agua segura en sus hogares. Las bocatomas colapsan, los acueductos rurales se taponan, las plantas de tratamiento quedan fuera de operación y el servicio se vuelve intermitente o desaparece.

El panorama es idéntico cada año. Y eso no se llama emergencia: eso se llama falta de prevención.

La pregunta que no admite más evasivas: ¿dónde está el plan?

Si el invierno es cíclico, si las zonas críticas están identificadas desde hace años, si los puntos de derrumbe son los mismos, si las vías terciarias son siempre las primeras en colapsar… entonces lo que está fallando no es la lluvia.

Lo que está fallando es la capacidad institucional de anticiparse.

Porque la realidad es esta: no basta con reaccionar cuando ya hay deslizamientos, cuando el puente ya cedió, cuando el municipio ya quedó incomunicado o cuando la comunidad ya lleva días sin agua. El departamento no puede seguir dependiendo de la respuesta tardía, del comunicado de urgencia, de la maquinaria que llega tarde o de los mercados entregados cuando el daño ya está hecho.

La temporada invernal no puede seguir tratándose como un accidente impredecible. No lo es.

Vías cerradas otra vez, municipios en riesgo otra vez

Hoy nuevamente se reportan vías cerradas, deslizamientos y sectores rurales con movilidad limitada. Y aunque el reporte cambia de fecha, el mapa es el mismo: carreteras inestables, taludes sin intervención, cunetas tapadas, alcantarillas colapsadas y tramos donde basta una lluvia fuerte para que todo se venga abajo.

Mientras tanto, en muchas zonas rurales la vida se detiene:

  • No salen los productos agrícolas.
  • No entran alimentos, medicinas ni combustible.
  • El transporte escolar se suspende.
  • Las urgencias médicas se vuelven una ruleta.
  • El campesino queda solo.

Prevención: la palabra que se pronuncia, pero no se ejecuta

Cada año se anuncian planes, comités, reuniones y monitoreos. Pero la prevención real se mide en acciones concretas:

  • Mantenimiento permanente de vías terciarias (no solo cuando colapsan).
  • Limpieza de drenajes antes del invierno, no durante la crisis.
  • Intervención de taludes críticos.
  • Obras de mitigación en puntos identificados.
  • Fortalecimiento de acueductos rurales.
  • Sistemas alternos de abastecimiento de agua.
  • Alertas tempranas funcionales, no solo en papel.

Y, sobre todo, presupuesto ejecutado con anticipación.

¿Quién responde cuando el invierno se convierte en costumbre?

La temporada invernal en el Huila ya dejó de ser un fenómeno climático: se convirtió en una radiografía del abandono histórico de la ruralidad.

Porque lo que se evidencia no es solo la lluvia, sino la fragilidad estructural:

  • Infraestructura vial sin mantenimiento.
  • Acueductos vulnerables.
  • Planeación insuficiente.
  • Respuesta institucional lenta.
  • Y una repetición constante de promesas.

Es momento de decirlo con claridad: si los derrumbes ocurren siempre en los mismos sectores, entonces no son una tragedia inevitable; son una negligencia repetida.

El llamado: no más comunicados, sí más obras

La ciudadanía no necesita más boletines. Necesita resultados.

La pregunta sigue en el aire y exige respuesta pública:

¿Cuál es el plan real de contingencia para evitar que el Huila repita la misma emergencia cada año?

Y no hablamos de reuniones. Hablamos de obras.
No hablamos de anuncios. Hablamos de prevención.
No hablamos de promesas. Hablamos de inversión.

Porque mientras las instituciones discuten, las veredas se quedan incomunicadas, los municipios se quedan sin agua y el campesino vuelve a pagar, con su vida diaria, el costo de una improvisación que ya se volvió costumbre.

Y un departamento no puede avanzar si cada invierno lo devuelve al mismo punto: al aislamiento, al barro y al olvido.

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